El país de nunca jamás

 

Carolina Orrite Muñoz, Colegio El Pilar Maristas

La clara luz del sol entraba por la ventana, iluminando toda la habitación en fugaces destellos blancos. Se creaban ondas en las cortinas y un aroma a lavanda inundaba la casa. Peter estaba sentado bajo la colcha, con su oscuro pelo alborotado mecido por el viento del mediodía. Entre sus manos reposaba un libro de tapas negras, probablemente escrito en francés, que hacía que sus ojos color miel se movieran de un lado al otro de la página.

Salí del umbral de la puerta y me acerqué hasta él. Fui ascendiendo sobre la cama hasta quedarme entre sus brazos. Me abrazó fuertemente y sonrió. Acaricié su torso desnudo. Tenía una pequeña cicatriz en el costado, que se había hecho cuando tenía cinco años y las mismas ideas ingenuas de ahora.

Recorrí el contorno de sus hombros y rodeé las dos pequeñas estrellas azules se había tatuado en el pecho. Nunca me dijo su verdadero significado; y cuando se lo preguntaba, esbozaba una cándida sonrisa y simplemente me susurraba: "Son el mapa hacia la felicidad". Pero me gustaba pensar que se referían a nosotros, siempre juntos, como esas dos estrellas. Condenadas a verse eternamente, oyendo día a día los latidos de un poderoso e incansable corazón, que se pronunciaba con tanta fuerza que hacía estremecer hasta al más vanidoso de los astros.

--Ojalá se congelase el mundo en este instante. Sólo para nosotros. --Susurró Peter dejando el libro apoyado sobre sí mismo.

--¿Ahora? ¿Para siempre?.

--Sí, ahora y para siempre. Escaparnos del tiempo a algún lugar, donde la complejidad brille por su ausencia. --Mmm... Vale, vayámonos.

Perpetuamente jóvenes, que no exista la vejez, ni la muerte. Que no maduremos nunca, que seamos niños para siempre. Saltar, reír y gemir de placer hasta que nuestras pupilas se fundan. Juntos, hasta el fin, como las estrellas. Donde mis sueños se cumplan, donde pueda ser feliz durante unos efímeros instantes. Donde, si cerrara los ojos, pensara con todas mis fuerzas en cosas hermosas y creyera en la más pura de las magias; unas grandes alas blancas me desgarrarán la piel para brotar en mi espalda hasta volar. Y poder rozar el cielo con la punta de los dedos. Saltar en las nubes y reírme de aquel insignificante ser incapaz de desplegar las alas que florecen en su interior. Y entonces entendí que el camino a la felicidad estaba escrito ahí mismo: "En la segunda estrella a la derecha, de su pecho".
 

 

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