Hay que creer en la Navidad

 

Esther Pinilla, 3º ESO Colegio Salesianos de Zaragoza

Se acercaba la Navidad, esa época en la que estar con la familia compartiendo la alegría y la ilusión del momento es algo inimitable. Las decoraciones navideñas estaban poniéndose en las calles, en los escaparates... Todo estaba listo para recibir la Navidad, pero había un niño que iba a quedarse sin ella. El niño que nunca había tenido una Navidad como deseaba, quería que alguna vez se cumpliera su sueño.

Vivía en Nueva York con unos padres, que no se preocupaban por él a causa de su frenético trabajo. Como nunca pasaba las Navidades con ellos, se sentía solo y por mucho que tuviera, carecía de la familia que anhelaba. Quedaban tan sólo dos días para el 25 de diciembre y sus padres tenían que irse. Pero Eric, antes de que se fueran, colocó su carta de Navidad en el bolso de su madre, Helen, y un papel en el portátil de su padre, Johnny. Con esto quería que la Navidad que él quería, se materializara.

Sus padres se despidieron de él y se fueron hacia Alemania. Al día siguiente, Eric se despertó triste, puesto que sólo quedaba ya un día para Navidad y pensó que ni su carta ni su papel habían servido de nada. En Alemania, sus padres estaban a punto de iniciar su trabajo, cuando Helen notó en su bolso algo que ella no había colocado allí. Era la carta de su hijo. La abrió y empezó a leer:

Querido Santa Claus:

Este año sólo te pido que mis padres pasen conmigo la Navidad. No te pido ni dinero ni juguetes, tan sólo quiero poder compartir con ellos estos días tan especiales.

Cuando Helen leyó esto, empezó a llorar y decidió contárselo a su marido, el cual había encontrado también la nota que Eric había deslizado en su portátil. En ella su hijo había tachado todo lo que un hijo de su edad querría, como juguetes y regalos, y había rodeado en rojo la palabra 'felicidad'. Johnny también se emocionó y lloró. Cuando los dos supieron lo que les había escrito su hijo a cada uno, decidieron regresar a casa. Eric estaba ayudando a las sirvientas y al mayordomo con las últimas decoraciones de la mansión. Se acercaba la noche y las esperanzas que Eric tenía de pasar estas fechas con sus padres, iban disminuyendo y sus ojos empezaban a destilar unas tímidas lágrimas.

Tom, el mayordomo, se le acercó y le dijo: --Tienes que creer en la Navidad porque si no crees en ella, nunca tendrás Navidad.

Justo en ese momento, sus padres entraron en la casa y todo fue genial. Desde eso momento él cree en el espíritu de la Navidad y sabe que si algo se desea con fuerza todo puede ser posible en Navidad.
 

 

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