El beso

 

Julia Bayona, Jorge Diago, Lucía Roy y Elisa Sánchez, 4º ESO IES Juan de Lanuza de Borja

Su mano traviesa recorre lentamente mi espalda, mi cuello, mi nuca hasta detenerse en mi collar. Siento una punzada en el corazón. Añoro aquel collar que nunca me quitaba, que rememoraba tiempos pasados, tiempos que quizá fueron mejores. Lo estaba haciendo, escuché el sonido primero del metal de la clavija y finalmente de las perlas al caer al suelo y dispersarse. Finjo que no me importa, no quiero que se percate. Pero la verdad es que no sé por qué lo ha hecho.

Recuerdo el día en que me lo regaló. Hacía calor, era un típico día en los que la tormenta veraniega acecha y la humedad se palpa en el ambiente. Pero entonces no importaba el tiempo, no importaba el espacio, sino la compañía. Era joven, ilusa y enamorada. Simplemente creía que él sería mi amor eterno, mi cuento de hadas con final feliz. Ahora ya no quedaba nada, ya no sentía nada, solamente el dolor de pensar que algún día él volvería y se encontraría con un nuevo panorama completamente distinto del que había conocido, o, si por el contrario, no volvería, o no volvería vivo. Maldita guerra y malditas armas. Llevamos ya tres años de matanzas, el miedo se apodera de las personas, se mete en las casas, todo el mundo está familiarizado con el ruido del fusil, que te deja desvalido, que te hace pensar.

Él sigue, yo observo las perlas esparcidas, no puedo evitarlo. Lo estoy traicionando; dónde quedaron ya esos ingenuos juramentos de fidelidad eterna. Lo peor es que existe una pasión irrefrenable entre él y yo, un sentimiento inevitable, que se apodera de nosotros desde hace ya un tiempo. Estamos sobre la cama, en mi habitación. Un ruido se escucha, un ruido tan familiar como el de la puerta al abrirse y cerrarse. Lo más extraño es que no espero a nadie, es más, nadie vive conmigo. Él también lo ha oído y creo que está pensando lo mismo que yo. Veo la angustia reflejada en su rostro. Me pregunto si puede ser cierto, hasta que veo su cara asomada por la puerta. Está cambiado, tiene la piel curtida por el sol, cicatrices de guerra, lo encuentro más hombre que nunca.

De repente, las venas de su cuello empiezan a hincharse, los ojos casi se le salen de las órbitas, viene hacia nosotros. Mi corazón late con fuerza, como si fuera a explotar. Siento cómo la sangre recorre mi cuerpo. El maldito objeto, culpable de infinitas muertes inocentes, cae de su hombro, pero los latidos retumbando en mi cabeza me impiden escuchar el ruido que provoca su choque contra el suelo. Y me siento más segura, porque sé que ya no podrá arrebatarnos la vida. Nos miramos fijamente, pero ya no reconozco su mirada. Esos ojos, que tanto me querían, ahora están llenos de odio, dolor, rencor y agresividad. No queda nada del hombre del que me enamoré. Noto cómo se me humedecen los ojos, cómo las lágrimas resbalan por mis mejillas. Soy testigo y culpable de toda esta tragedia. Quiero evitar lo inevitable. Mi ilimitado egoísmo domina todo mi cuerpo y, acompañado del miedo, me impide mover un solo dedo. Todo está sucediendo ante mis propios ojos.

Ahora sí puedo escuchar el repetido e incesante sonido de los huesos de la mano de mi marido al crujir, cuando impactan contra la cara del que tantos besos me regaló aquellos días de soledad. Puñetazos llenos de rencor, que duelen incluso más que si yo misma los recibiera en mis propias carnes. Yo soy la que los merezco, yo soy la que ha abusado de su confianza, la que lo ha traicionado, soy la única que debe pagar.

Me mira con numerosas heridas, magulladuras, moratones y empapado en sangre. Ni una sola palabra, pero su expresión lo dice todo. Me pide ayuda a gritos, una pizca de compasión y yo me mantengo impasible. Siento que ya no merezco vivir. Un disparo me sobresalta, me hace reaccionar. Irremediablemente tarde. La persona con la que había compartido tantos momentos se había convertido en un asesino a causa de mi error y la más pura entre esas cuatro paredes rebosaba el intenso líquido rojizo por la boca, encharcando la superficie y salpicando la alfombra para siempre. Lo que me ha mantenido paralizada hasta ahora me obliga a arrebatarle el arma de las manos. Suena el último tiro.

 

 

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