Volarán por ti las golondrinas

 

Carolina Orrite Muñoz, Colegio El Pilar Maristas

El sol se ponía allí donde la tierra acaba. Allí donde el cielo y el mar se fusionan creando una gran inmensidad abismal. La gran bola en llamas se resistía a dejar de iluminar el mundo en brillantes destellos naranjas y dorados, sosteniéndose de las escarpadas paredes de los acantilados negándose a soltarse. El cielo temblaba, y el viento susurraba a las rosadas nubes de algodón de azúcar. Mi pelo y mi vestido acompañaban a la brisa marina hasta el fondo del océano. Mis pies se movieron hasta el límite de lo terrenal. Una fina línea de agua salada me cosquilleó la piel y ascendió por mis terminaciones nerviosas. Olía a sal, y a hogar.

Allí fue donde soñé que regresabas. Donde creí ver un gran velero rompiendo las olas, partiendo el mar en dos mitades y acabando con su gran inmensidad. Allí fue donde oí a las golondrinas cantar tu regreso, anunciando alegres tu vuelta a casa y volando por tu lealtad. Donde contemple tu media sonrisa, donde tu cabello se mecía al viento y donde me sostenías entre tus brazos exhalando sal. Donde el cielo nos temía. Donde contenía sístoles y diástoles porque el mar los envidiaba. Donde siempre era luna nueva y donde las estrellas se apagaban ante el brillo que emitían nuestros cuerpos. Pero después desperté. Abrí los ojos muy lentamente y desperté del sueño que me sumió en la ficción tan ansiada. No viniste, yo me levanté a esperarte y no apareciste. Y ahora que el sol se ha rendido a la luna y los demás astros iluminan la playa, mi corazón sigue prendido de esperanza.

Esperanza, no por volver a verte, sino por volver a soñar con tu regreso.

Y las golondrinas seguían volando.
 

 

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