La desesperación

 

Carolina Orrite Muñoz, Colegio El Pilar Maristas

Se levantó de la cama. El sol brillaba por la ventana y deslumbraba la habitación. Las cortinas ondeaban al viento y una suave brisa revolvía su cabello. El cuarto resplandecía al mediodía y se respiraba calma y tranquilidad en cada rincón. Todo estaba iluminado y no había ningún lugar para la sombra u oscuridad. Caminó descalzo hasta el otro extremo de la estancia. Al lado de la débil puerta que se movía acompañada del viento del exterior, se encontraba un espejo. Largo, de cuerpo entero y plateado por los bordes. El hombre se acercó y miró a través de él. Sus ojos brillaban tristes y apagados, y ni un ápice de felicidad se mostraba en su rostro. Se levantó la camisa mostrando su costado. Una línea muy fina recorría el lado derecho de su cuerpo de manera inclinada, donde estuvo su riñón. Tenía una forma irregular, como trazos en el lienzo que era su torso. Prevalecía sobre la piel por su color blanco y claro. La recorrió con el dedo índice. Se podía leer desesperación en aquella cicatriz.

Sus pies comenzaron a caminar hasta llegar al pasillo. El viento le empujaba y se dejaba llevar a lo largo del corredor observando cada resquicio, hasta parar en una habitación cuya puerta estaba entre abierta. Pasó a través de ella sin moverla. Una mujer se balanceaba suavemente en una mecedora, sosteniendo entre sus brazos un bebé. La luz de la ventana incidía en ellas destacándolas sobre el cuarto. La niña dormía plácidamente y la mujer le cantaba unas palabras dulces y melodiosas, a veces entrecortadas por sus lágrimas. En el bebé se podía apreciar una cicatriz con igual forma que la del hombre. Entonces entendí que no decía desesperación, sino esperanza.
 

 

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