No todos los ríos van a dar en el mar, que es el morir

 

María Celiméndiz Gimeno, 4º ESO IES Juan de Lanuza

Fíjense en la primera fotografía, la boda de mis abuelos maternos, 8 de septiembre de 1965. Nicomedes Antonio, vestido con un traje que perfectamente podría ser de ahora, al igual que el de su mujer Carmen, un singular vestido blanco de falda corta y chaqueta, con velo terminado en una gran cola transparente. No lo juzgo, iba guapa, era lo que se llevaba por aquel entonces. Estaban tan de moda esos trajes como las miradas serias ante la cámara. Exceptuando la del hombrecillo de la derecha, amigo de mi abuelo, sí, ese tan sonriente que no sé si todavía sigue vivo.

¿Y qué me dicen de la segunda? Comunión de unos primos hermanos de mi madre, la niña de la coronita y el niño con traje de marinero. El niño ya no tan niño que con cuarenta y pico años se murió de cáncer el año pasado. Pero no se lastimen, en casa de mi abuela eran once hermanos y ahora quedan tres. Esto es así, el tiempo pasa y la vida se nos va. Sigue su trayecto, y unos bajan del tren para que otros se puedan montar. Ya decía Jorge Manrique: "Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir".

Entre tanto sentimentalismo supongo que ya habrán localizado a mis abuelos, no es difícil. Él es el único en sonreír; su mujer, seria, la de al lado. La cara es el reflejo del alma, y a esta foto le va como anillo al dedo. ¿Se puede ser feliz no disfrutando de la vida? Sí, no, bueno, pero prefiero no entrar en detalles y centrarme en él. Su sonrisa, quizás causada por la vergüenza que le producían los lloros de mi madre. Pero no, qué digo. Él es así, siempre lo ha sido y siempre lo será. Mira la vida con optimismo, la aprecia y la quiere. Pese a sus años, se levanta cada mañana y se va al campo como si aún tuviera 20 años, fuerte y valiente, así es él. No es que no quiera darse cuenta de su edad, la sabe perfectamente. Cada uno se marca sus propios límites, y mientras sea capaz de levantarse cada mañana e ir al campo como el que tiene la ilusión de hacer algo por primera vez, él seguirá siendo joven. Y no porque lo diga él, sino porque lo digo yo. Siempre tiene una sonrisa que regalar, un consejo que dar o un buen plato de jamón que cortar. Me siento encima de él como si todavía fuera pequeña y él fuera joven, como si los años no pasaran. Lo abrazo muy fuerte y le digo abuelito. Nunca a ningún otro abuelo lo he llamado así, pero ningún otro abuelo me quiere tanto como él, estoy segura. Veo el brillo de sus ojos y el gesto cálido con el que me acaricia.

Cuando cumplí los 15, hace ahora dos meses, una tristeza se apoderaba de mí. Había estado todo el año esperando ese momento, pero de repente tuve miedo. No quería crecer, hacerme mayor, pensar qué me depararía el destino. Si con 15 años ya tenía miedo a la muerte ¿qué iba a hacer?, ¿amargarme hasta que llegara?

Pero entró él con su sonrisa y sus ganas de vivir. Él tendría que preocuparse y no lo hace. Entonces comprendí, comprendí su sonrisa. Y lo veo a él y me veo a mí. Sonriente, feliz, loca, dispuesta a gritar a los cuatro vientos lo que sea y delante de cualquiera, sin vergüenzas que no llevan a ninguna parte. De ahí me viene mi optimismo y mis ganas de vivir la vida. Pasarte una vida entero pensando dónde irás, ¿de qué sirve? Solo hay que pensar en disfrutar al máximo de la vida, en la suerte que tenemos de poder vivirla, y vivir cada día como si fuera el último. Entonces me senté encima de él, lo abracé, y él me empezó a contar cosas, a distraerme, porque, aunque yo no le hubiera contado nada, él sabía perfectamente lo que me pasaba.

¿Y sabéis de qué hablamos? De campos, sí, de campos. Mi abuelo tiene una colección de campos, que no es como una colección de piedras, que esta da más trabajo. Otros abuelos salen por las mañanas a comprar el periódico; mi abuelo, en vez de eso, compra un campo. "Antes, cuántos más campos tenías, mayor símbolo de riqueza", le dije yo. A lo que él, muy acertadamente, me respondió: "Ahora es símbolo de pobreza". ¿Entonces? Ganas de vivir. De comprar, de poder hacer, de levantarse cada mañana, de sentirse joven, de ilusión, de optimismo, de juventud madura. Ojalá compre muchos campos más, eso es.

Es su manera de ser la que me cautiva, la que envidio. La que me hace darme cuenta de las cosas por las que realmente merece la pena sufrir, y por cuáles no. Es por él por quien quiero crecer, seguir cumpliendo años, vivir como él, llegar hasta donde él está y poder ser ejemplo de mis nietos, contarles quién fue él y transmitirles todo lo que él ha sido capaz de transmitirme a mí. Porque os aseguro que él nunca se irá, que nunca va a morir, porque va a estar dentro de mí. Y el día que yo no esté lo llevarán mis hijos, mis nietos...

Son cerca de las 11, quizá demasiado tarde para terminar una redacción, pero son incontables las veces que he tenido que apartar los dedos del teclado para limpiarme las lágrimas. Lo lees con la canción Nana de crepúsculo de fondo y te sientes orgullosa. Hay personas a las que les cuesta mucho expresar sus sentimientos delante de los demás, como me ocurre a mí. Que, aunque por fuera piensen que somos hoscos o ariscos, por dentro somos los más tiernos y delicados, que solo saben expresarse así, de esta forma tan peculiar, escribiendo.
 

 

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