Presagios

 

Julia Bayona, 4º ESO IES Juan de Lanuza de Borja

--Que no quede ni un vagón sin revisar--, nos dijo con insolencia aquel tipo vestido de uniforme. Era alto, fuerte y llevaba el pelo cortado muy raso. Causó tal impacto al llegar al pueblo en automóvil que los niños se amontonaban a su alrededor impidiéndole avanzar, y las mujeres dejaban sus quehaceres para asomarse por las ventanas. Todo el mundo quería verlo, tocarlo y comprobar si era verdad eso que decían de que aquellos nuevos modelos alemanes brillaban como el sol en días de verano.

Había llegado hasta aquel hombre la noticia de que una nueva estación de tren había sido construida en un pequeño pueblo cerca de Zaragoza y éste vio allí su oportunidad.

Quince vagones, con quince bombas cada uno, atravesarían la estación el 15 de agosto a las 15 horas. Y los empleados encargados de revisar los vagones harían la vista gorda a cambio de un saco de arroz y un par de naranjas, eran tiempos de escasez. Simplemente se les encomendaba la tarea de supervisar la carga y dejar marchar el tren rumbo a nadie sabía dónde.

Hacía un calor insoportable. Era uno de aquellos pesados días de verano en que las moscas te rondan la cabeza y la gota de sudor te cae permanentemente por la frente. Manuel, el jefe de la estación, y yo esperábamos ansiosos la llegada del tren bajo la sombra de un frondoso platanero. Eran las 15 horas del 15 de agosto de aquel año 1935.
--Oye, Manuel, ¿no te da mal presagio esto de que coincidan todos los números?-- le pregunté.
--Qué cosas tienes, ¿nunca te han dicho que sólo los necios tienen supersticiones?-- un tábano negro como el azabache le rondaba la cabeza.
Los dos callamos y continuamos cada unos con nuestros asuntos, como si nada hubiera pasado.

Un sonido comenzaba a oírse de fondo, inconfundible, era el traqueteo de un tren a lo lejos. Los dos alzamos la vista y allí estaba, avanzando lentamente hacia nosotros y despidiendo una nubecita de humo que se intensificaba conforme se iba acercando.

Finalmente se detuvo y de él bajó un hombrecito con gorra, el maquinista.
--Señores, cuando quieran-- dijo, y señaló los vagones. Los dos entendimos perfectamente.

Íbamos abriendo la puerta trasera de cada vagón y revisando si todas las cajas se encontraban en su lugar, de lo contrario, si alguna sufría algún impacto, las consecuencias serian nefastas. Se desencadenaría una explosión múltiple.
--Mira esa caja --le dije-- está abierta. --Ya estamos otra vez, te he dicho mil veces que el que piensa tanto nunca vive tranquilo, seguro que se ha abierto de un bache, no pasa nada.
--Yo sólo digo que el que avisa no es traidor-- dije, receloso, alzando el dedo índice en señal de advertencia. Dejamos marchar el tren. Pero yo sentía tal resquemor que, sin pensarlo, comencé a caminar en dirección opuesta a las vías del tren.
--¿Qué haces? ¿Adónde vas?-- me preguntó Manuel, ya un poco harto de mis presagios.

No contesté. Seguía caminando, cada vez más rápido, comencé a correr, cada vez más. No sabía adónde me dirigía, sólo que tenía que huir, huir lejos, lejos del tren. El corazón me golpeaba el pecho a toda velocidad y las piernas se resentían.

En ese momento sucedió. Mi primera reacción después del estruendo fue tirarme al suelo y quedarme boca abajo. Era uno de esos momentos en los que se para el tiempo, no se escucha nada, no se mueve nadie y uno piensa que algo va a cambiar para siempre.
 

 

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