Y caerán las estrellas

 

Carolina Orrite, Colegio El Pilar Maristas

La vanidosa luna reinaba en lo alto de su trono estrellado. Hacía que me balanceara de un lado a otro sin poder evitarlo con su fuerza magnética, que me atraía y me hacía sentir más banal de lo que ya era. Mi vestido blanco se movía acompañando al viento en un baile interminable. Dejaba un rastro de huellas tras de mí que dibujaban círculos y que desaparecían arrancados por el mar. Estaba especialmente bonito aquel día. Calmado y frío como cada día de invierno y un blanco brillante iluminaba la superficie teñida de azul lapislázuli. Las olas suspiraban lánguidamente en la costa, la arena me hacía cosquillas en los pies y un olor inconfundible a sal inundaba el aire y se deslizaba hasta el interior de mi paladar. Me dejé caer de espaldas y contemplé el cielo. Las estrellas brillaban con fuerza intentando superar en vano el esplendor de la luna. Entonces su cabello dorado eclipsó a todos los astros que inmóviles en su bóveda, clavaban sus ojos sobre nuestras cabezas.

--¿Qué desearías ahora mismo?-- preguntó con su cándida voz --¿Dinero? No... ¿Amor quizás? ¡Oh, espera, eso ya lo tienes!

Se acostó a mi lado apoyando el codo en la arena y levantó la cabeza imitándome.

--¿La luna?

--No. Es demasiado hermosa para arrebatársela al mundo.

La brisa se volvió más intensa, arrastrando con ella una cortina de nubes negras que cubrió el manto estelar que se alzaba ante nuestros ojos. El viento comenzó a moverse de forma caprichosa, rasgando las frías nubes dejando al descubierto algunos resquicios por donde aun era posible adivinar la hermosura que se escondía tras ellas, aunque imperceptible.

--¿Las estrellas?

--Mmm... vale. Seguro que nadie se percataría de su ausencia- respondí algo burlona.

Y en ese instante una gota helada cayó en mi nariz. Y después otra. Caían pequeños copos de nieve blancos que se deshacían al tocar la arena. Se quedaban atrapados entre mi pelo y se revolvían juguetones en mi vestido. Me levanté y empecé a correr sin dirección.

--¿Está nevando?-- dije observando sus tiernos ojos que seguían contemplando la cúpula estelar.

Después me miró. Apoyó las manos sobre la arena y se puso en pie. Caminó lentamente hasta mí y cuando estaba tan cerca que podía oír su respiración me susurró:

--"No. Las estrellas están cayendo".




 

 

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