Quiero ser como mi madre

 

Beatriz Falcón, 4º ESO IES Juan de Lanuza de Borja

Mi madre, Mª Carmen, cuarenta y ocho años, es feliz. Estaba revisando mi álbum de fotos preferido y no pude resistirme a volver a mirar esa foto, esa foto que tanto me gustaba y que tanto me gusta ahora.

Corría el año 1970 y yo tenía seis años, y mi hermano, tres. Sinceramente, aunque parezca mentira, era la primera vez que íbamos a Zaragoza y lo que os cuento es tan cierto como la vida misma. Íbamos a ver a mi tía, no la veíamos muy frecuentemente, ya que no teníamos coche y teníamos que bajar en autobús; éramos cuatro, y un autónomo trabajando en un bar no ganaba lo suficiente como para poder bajar siempre. Ahora, cuando le digo a mi madre "¡Mamá, me voy a Zaragoza!", ella piensa siempre: "Ahora es tan fácil y antes... cada cinco meses"; es algo que no entiende, la verdad. Pero, bueno, según mi madre, cada vez que bajaban, se lo pasaban en grande, iban al Pilar, jugaban por la plaza, le daban de comer a las palomas, y se compraban un globo... Sí, cosas que a nosotros nos parecen ridículas, pero que, en verdad, para ellos era algo magnífico, la satisfacción de poder contar en la escuela a todos sus amigos que habían ido a Zaragoza, era como decir ahora que tenemos un móvil nuevo, qué tiempos... Me habría encantado poder estar ahí y disfrutar de todo tal y como era antes; sí, era mucho más duro, pero, sinceramente, ahora la tecnología está por encima de todo y no nos damos cuenta de las cosas realmente importantes. ¿Hace cuánto que no vas a ver a tus hermanos, sobrinos, tíos, por el hecho de decir: "Bueno, pues, le mando un mensaje". El poder decir: ¡Qué bien, mañana a la escuela!, aunque eso, nosotros ahora también lo decimos, pero en sentido irónico.

Mi madre, con ocho años, ya tenía que estar ayudando a mis abuelos en el bar. Y yo, a su edad, estaba deseando que me regalasen miles de regalos, miles de muñecas, miles de cosas que no iba a utilizar; mi madre, con un simple trapo como muñeca, se conformaba. Mi madre me lo dice miles y miles de veces: "Bea, estudia, de verdad, no hagas como hice yo", porque mi madre a los catorce o quince años se fue del instituto ya que lo odiaba y ¿qué consiguió?, nada, tener que levantarse aún más pronto, e ir más cansada a casa; se tuvo que poner a trabajar, ya que no podía hacer otra cosa.

Así que, desde mi punto de vista, no me puedo quejar de la vida que tengo, a su edad ya estaría trabajando, pero yo ahora estoy haciendo 4° de ESO, soy feliz, tengo todo lo que quiero y lo que está a mi alcance, aunque realmente no me agrada que mi madre, cada día que se levanta, piense en lo mucho que se arrepiente de no haber seguido estudiando y no poder haber hecho lo que realmente quería. Yo lo tengo claro, no haré como mi madre, yo estudiaré, seré feliz y conseguiré mis propias metas. Pese a todo esto, lo bueno de la vida es que mi madre es feliz, es realmente feliz, tiene un hogar, puede permitirse algún capricho y disfruta de la gente que la quiere; en verdad, no puede pedir más... ¿Y sabéis qué? Que yo, de mayor, quiero ser como mi madre.
 

 

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