Hasta donde tú estés

 

María Celiméndiz Gimeno, 4º ESO

Parece que fue el otro día cuando me dijeron que debía casarme contigo. Cuando aquella noche no pude dormir, cuando te odiaba, cuando te conocí.

Por aquel entonces, yo sólo quería ser libre. Creía en el amor y en el sino, y me gustaba soñar. Y pensar que debía de pasar contigo el resto de mi vida... Deseaba huir, escapar, hundirme entre las vetas de la Tierra, ascender a las nubes y desaparecer con ellas.

No entendía el sometimiento de las mujeres, ni el porqué de su inferioridad. Pero no opiné, callé como se hacía por aquel entonces. Prefería no mirarme al espejo. Iba encorsetada, apresada en un vestido feo, con un cuello que me picaba, con unas lágrimas que borraban aquellos polvos de mi cara, con un cuchillito debajo de la falda.

Matar antes que ser sometida, o morir en el intento. Esa era mi lema.

Pero aquel día me mordí la lengua. Muchas palabras y pocas acciones, o pocas y malas.

Te vi, y sentí que ya te conocía, que contigo quería pasar el resto de mi vida. Fueron segundos, pero bastaron para comprender lo que nuestros ojos se decían. Sí, el destino me sonrió. Y si te hubiera salido a buscar, nunca te hubiera encontrado. Y me volví loca, ¡y loca de amor!, loca por ti.

Pasaban los días, y lo nuestro cada vez era más real, no era un sueño.

Pasaban los meses, y no quería esperar más... Quería ser tuya, y poder entregarme a ti. Sí, nos casábamos.

Pero justo entonces anunciaron tu marcha a la guerra. Y, como en la vida misma, todo lo bueno va acompañado de algo malo; si no, no sería vida. Y como en la vida misma, hay que ser fuertes y enfrentarnos a lo que se nos viene; si no, tampoco sería vida.

Pospusimos la boda. Día exacto, mes exacto, fecha exacta. Aquel en el que tú volvías de la guerra.

A puño y letra, te escribo una carta en cada uno de los días de tu ausencia. Te añoro por las noches, te escribo por el día.

Y de la carta número 240 me acuerdo a la perfección. Decía algo así: Cariño, sólo quedan ocho días para nuestro casamiento, para entregarte mi cuerpo, para ser tuya. Sé que mañana es tu última batalla, que estás cansado. Pero has de ser fuerte, hazlo por mí. "Sólo tienes que pensar en mí". Te espero, y te esperaré siempre. Te quiero.

Llegó el día. Doscientos cuarenta y ocho días tras tu partida a la guerra. Iba preciosa, de blanco y con una larga cola. La iglesia, amplia, bien iluminada y repleta de nuestros seres queridos, rebosaba alegría.

Ya en el altar, tras los actos principales, llegó la hora del sí quiero.

Cuando el sacerdote me preguntó a mí, respondí un claro y rotundo: Sí.

Cuando te tocó a ti, se hizo el silencio, y no tuve más remedio que intervenir:
--"Sólo te pedí: mañana en la batalla piensa en mí".
 

 

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