Tan lejos y tan cerca

 

Pilar Arrilla, alumna de 4º ESO del IES Juan de Lanuza de Borha

Si tú me dices ven, lo dejo todo, pero dímelo. Esas fueron las últimas palabras que él me dijo, las últimas palabras que salieron de su boca. Todo ocurrió esa dichosa tarde, el sol ya rozaba el horizonte y corría una suave brisa que acariciaba las mejillas, era una fecha señalada, un frío 14 de febrero, la fecha más bonita del año para algunos, la más odiada para mí.

Me encontraba en casa preparando una cena romántica para Alfredo, ya que habíamos discutido unas horas antes por mi futura marcha a América. Estaba colocando las velas y sonó el teléfono; cuando lo descolgué, una voz fría y tensa me comunicó que Alfredo había sufrido un accidente y que estaba en el hospital. En ese mismo momento mi cuerpo se paralizó, y un escalofrío me recorrió toda la espalda, de la cabeza a los pies. Me apresuré a llegar al hospital; cuando llegué, entré en la habitación intentando ocultar mi preocupación, o por lo menos intentando disimularla. Allí estaba él, tumbado en aquella camilla, inconsciente. Tardó tres días en despertar del coma en el que se encontraba, pero, al fin, salió; estaba aturdido y desorientado, no sabía dónde se encontraba ni quién era la gente que lo rodeaba. Poco a poco fue reconociendo a todos sus seres queridos, o a casi todos, ya que a mí no me reconocía.

Yo estaba junto a él y le contaba cómo nos conocimos, cómo nos enamoramos y todas esas cosas que se supone que nunca se olvidan, pero que él no lograba recordar; también le conté nuestra última discusión, le dije que habíamos discutido porque yo tenía que marcharme a América para trabajar y él no estaba de acuerdo, pero que, si se lo pedía, vendría conmigo. Él no recordaba nada, me decía que era muy amable y divertida, pero no me conocía realmente; él sólo conocía a esa chica que iba a visitarle algunos días y que le contaba historias de una personas desconocidas, de dos personas enamoradas que ya dejaron de existir, de aquellas de las que sólo quedan recuerdos, recuerdos lejanos que no logran desvanecerse.

Ya han pasado dos años y medio de esto, y aún nos vemos de vez en cuando y hablamos de cómo nos va la vida. Precisamente esta noche hemos quedado, pero ni él ni yo somos los mismos; ahora yo ya no espero nada, pero aún necesito oír aquellas palabras que esperaba ese catorce de febrero y que no llegaron, aún necesito oírte pronunciar esas palabras; esta noche dímelas, esta noche dime que me quieres.
 

 

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