Cristal helado

 

Carolina Orrite, Colegio El Pilar Maristas

El cielo era de un gris tan pálido como el rostro de la muchacha. El sol se filtraba entre las espesas nubes del invierno otorgando grandes destellos sobre la superficie del lago helado. Las copas de los árboles estaban coronadas con una capa blanquecina y los caminos atestados de nieve sucia y hojas caídas conducían hasta la superficie cristalina, reflejo de nosotros mismos. --¡Ven! ¡Corre, Sand! --dijo extendiendo la mano. Corría hacia el centro del hielo con descuidada prudencia. --¿No crees que podría ser peligroso? --Preguntó ella después de poner un pie delicadamente sobre el lago. Saltando sutilmente sobre este, avanzó todo lo rápido que le permitieron sus pies hasta apretujarse entre los brazos de él, con un tacto que le erizaba la piel y le helaba la sangre. Éste rió mientras el vaho huía de su boca y sus ojos dorados la escrutaban con calidez. Después se separó sosteniéndola aún y, esbozando una media sonrisa, le tendió la mano y susurró: Baila conmigo. --Estás loco. --respondió. Y en ese instante una gota helada cayó en su nariz. Y después otra. Pequeños copos de nieve caían del cielo para posarse en sus pestañas y quedarse arremolinadas en su mirada. Pronto la nieve inundó el lugar, nublando la vista del exterior como en una frágil bola de cristal. --Tan solo baila. --Y la acercó contra su cuerpo irradiando calor. Le tomó la mano y la condujo a través de la niebla, quebrando las nubes del lago. Sus pies acompañaron al viento en el baile dejando atrás un rastro de huellas sobre la nieve y sus cuerpos giraban sobre sí mismos fusionándose en una sola persona. De pronto algo estalló en sus tímpanos. Un crujido que quebró su abstracción para dejar en este espacio terrenal una brecha, borde del acantilado donde se suicidan los sueños. El hielo se había partido bajo sus pies y habían resbalado juntos hasta el agua helada que les consumía el corazón como una colilla. El peso de sus fantasías les arrastró hasta el fondo, hundiéndose juntos con los pulmones quemados clamando oxígeno; sin más sonido que sus latidos golpeándoles las sienes mientras la música flotaba en la superficie.
 

 

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