Tiramisú

 

Pedro Compais, 2º Bachillerato IES Luis Buñuel

Cuando rugió el viento, sentí un escalofrío de los pies a la cabeza. El Puente del Tercer Milenio no podía retorcerse más. No iba a aguantar más ráfagas de aire con esa intensidad.

Entonces pensé: --Resonancia, vaya nombrecito para lo que nos está fastidiando.

La última volada nos hizo perder el equilibrio a todos los que estábamos allí, fuera del coche. Entonces me levanté, y fui a proteger a mi hijo, que seguía dentro de él. Sin embargo, una farola se desmayó sobre mí, tirándome al suelo y golpeándome la cabeza contra él.

A partir de entonces, empecé a recordar mis últimos meses, como si de un sueño se tratara.

--Este es Tabi, el ingeniero jefe para el proyecto del puente.

--...Tiene que conseguir que sea espectacular, que parezca sostenerse casi sin apoyos... tiene que ser un puente colgante.

Me sentía tranquilo e ilusionado, pero de repente, empecé a sentirme incómodo. Cada vez más, quería salir de ese sueño.

--¡Dése prisa, Tabi! Ocúpese sólo del trabajo necesario. El alcalde nos dió dinero para hacer la obra, pero si nos retrasamos más... ¡perderá la confianza en mi constructora!

--De acuerdo, el puente ya se sostiene... pero necesito más tiempo para comprobar su seguridad con la aerodinámica. Tengo que hacer un estudio sobre la acción del viento...

--Elija entre comprobar eso o estar en la fila del paro, señor Don Nadie... ¡Hágalo de una vez, Tabi! ¡Hágalo!

Quería huir de esa pesadilla. De repente, sentí una sacudida y un fogonazo me deslumbró. El fogonazo había sido provocado por la reflexión de los rayos del sol en una franja fosforescente, que pertenecía a un traje resistente al fuego. Los bomberos venían en nuestra ayuda.

Junto a los astronautas con hachas, también estaba mi hijo, Max, que sonreía al verme abrir los ojos de nuevo. Eso me dió unas pocas fuerzas para seguir adelante. Cogí a Max en brazos, y a la vez que otras personas que se encontraban en el puente, empezamos a andar por su centro, donde las olas de asfalto (producidas por el viento) no llegaban. Era una especie de balancín, en el que aunque una parte subiese y la otra bajase, el centro seguía a la misma altura. De repente, un latigazo sonoro nos hizo mirar al cielo: los cables del puente ya habían aguantado demasiado. A la vez que mirábamos arriba, el suelo se deshizo y nos sumergimos todos en el río.

Realmente, no sabíamos que había pasado. Nos encontramos de lleno en una especie de aire azulado. Los gritos de la gente que permanecía en el puente se oían más lejanos y graves. Todo este mundo extraño era fruto de la refracción, que era el paso del sonido del aire al agua, ya que en el aire se mueve más rápido que en el agua. Pero no podíamos quedarnos en esa Atlántida para siempre, y cuando nos quedamos sin aire, salimos a la superficie del río.

Al sacar la cabeza del agua, observé que seguía junto a las personas que se habían caído, incluido Max, que se aferró a mi mano. La corriente nos arrastraba.

--¡Id a las orillas! ¡Nos dirigimos hacia una central hidroeléctrica!

Maldije mi suerte y suspiré. Íbamos a dónde se producía electricidad. Allí, el agua movía una especie de pedales de bicicleta, que en lugar de hacer girar unas ruedas, hacían rotar unas aspas de batidora. Estas aspas, que eran de metal, al girar entre otros dos materiales, producían energía eléctrica.

--Pues a mi me gustan las bicis. --reconoció mi hijo.

--Lo sé, pero el problema es que en vez de pedales, el agua mueve un ventilador gigante que si te coge, te muerde como si fuese un Tiranosaurius Rex hambriento...

--Papá, ya no me gustan las bicis... ¿por qué es tan malo el río, que no quiere parar de moverse y salvarnos?

--Porque el río ni es bueno ni es malo... no puede elegir como tú, entre un helado de fresa o uno de tiramisú.

De repente, nos dimos todos un duro golpe en la cabeza. Nos habíamos golpeado con una barca, desde la cual nos tendían la mano para sacarnos del agua. Estábamos, al fin, a salvo.

--¡Chincha rabiña, Tigato Sugus Rex! -exclamó Max con una pedorreta.

 

 

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