El pintor de batallas

 

Elisa Sánchez, 1º Bachillerato IES Juan de Lanuza (Borja)

A sangre fría apreté el gatillo. Le sostuve la mirada hasta que sus ojos quedaron inertes, la mirada perdida. Esos ojos que se clavaron en los míos. Esa mirada tan profunda y cristalina como el agua. Pero era mi deber, debía matarlo. Al fin y al cabo solo es una vida menos. ¿En realidad era mi deber? Sí, así lo dictaban las órdenes de mis superiores, y yo simplemente me limité a obedecer. Como una persona competente que cumple con su trabajo. ¿Qué podía hacer si no? Negarme era algo impensable. Quién sabe lo que me hubiera ocurrido. Quizá habría muerto, o quizá no. Ahora no sólo he matado a una persona inocente sino que también me he asesinado a mi mismo. Estoy muerto en vida, enterrado por la culpa, castigado día tras día por esa mirada impenetrable que aparece en mí mente cuando menos me lo espero, que me recuerda que no podré volver a vivir sin remordimientos, porque le he arrebatado la vida a alguien, y ese alguien podría haber sido yo. Pero qué digo. Es mi obligación, lo que me proporciona el dinero para subsistir. De esto trata la supervivencia, de acabar con los más débiles, y yo no soy uno de ellos. Soy fuerte, tengo armas a mi disposición. Nadie puede acabar conmigo. Después del arrepentimiento llega la euforia. Puedo acabar con quien y con lo que se me antoje. Si puedo acabar con alguien, ¿qué es lo que no puedo hacer? Soy imparable. Al menos antes tenía algo por lo que ser mejor persona, alguien con quien me despertaba todas las mañanas, alguien que me hacía el café y me daba un beso día tras día, alguien que hacía que la vida tuviera un poco más de sentido. Pero los tiempos cambian constantemente, son tiempos muy duros para todo el mundo; y tú me abandonas, me dejas solo en este lugar tan cruel. En la soledad sonora.
 

 

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