Batalla de amor

 

Carolina Orrite Muñoz, Colegio El Pilar Maristas

Lyon se desempolvó los hombros. Había caído estrepitosamente en mitad del pecho, levantando los suspiros que se acumulaban en los pulmones. Esta vez era de una chica, joven y demasiado gris. Se sacudió el cabello y comenzó a caminar hacia el interior levantando ecos con sus pasos. Estaba demasiado vacío. Boom, boom. Se había atascado en la garganta, como aquellas palabras que se intentan gritar pero que no son más que silencio. Después había acabado descendiendo por la tráquea, hasta los pulmones. Un páramo helado, frío y oscuro como las noches de invierno. Lyon aceleró el paso. Temblaba, todo él temblaba, quebrando la voz, los huesos. Boom, boom.

Siguió bajando hasta hacerse un lío en el estómago, un nudo intragable. Nada. Tan solo las ruinas de una antigua y esplendorosa ciudad, ahora derruida. Edificios grises, cielos rotos. Cadáveres. Boom, boom.

Subió. Ascendió lo más rápido que pudo. Fugaz. Huía con las mejillas chispeando y la respiración acelerada. Huía hacia la boca del lobo. La sangre empezó a empapar sus botas y entonces frenó. Ante él se alzaba un gran órgano, arañado, desangrado. Se contraía, se dilataba. Sístole. Diástole. Boom, boom.

Terremoto. Los pulmones se aceleraron, y con ellos el corazón. Latía, lloraba. Boom, boom. Corre. Cada vez más raudo. Boom, boom. Empezaron las tormentas, los huracanes. Caos. Boom, boom. Lyon retrocedió y cayó al suelo. El paisaje estaba desbocado, inabarcable. Boom. Y de repente, todo se congeló. Boom. El corazón se detuvo, los pulmones suspiraron. Nada. Vacío. Silencio. Y entonces, comenzaron los gritos.
 

 

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