El almacén de ideas

 

Otilia Radu, Silvia Jiménez y Jessica Costa, 2º ESO Colegio Calasancio

Por fin. Viernes. No hay nada mejor un viernes a primera hora para dar vueltas por el colegio haciendo recados. Silvia Jessica y Otilia debían ir a recoger unos papeles en secretaría y entregárselos al director.

--Ya que nos mandan hacer recados, podríamos bajar por el ascensor-- propuso Jessica.

Dicho y hecho, se montaron y Otilia pulsó el botón de la planta 0. El ascensor empezó a descender: 3, 2, 1, 0. Debió pararse pero siguió descendiendo. Las tres se miraron extrañadas pero no tuvieron tiempo de decir nada; el ascensor se paró repentinamente y las puertas se abrieron. Salieron lentamente, esperando encontrarse, como poco, en el centro de la tierra, con lo que habían bajado.

Lo que había a su alrededor no les sorprendió demasiado. Estaban en una estancia pequeña, parecida a las numerosas salas subterráneas del colegio. Pero esa sala tenía algo de especial: una gran puerta doble de madera ocupaba una de las paredes. La puerta era sencilla, aunque en el medio estaba tallado: 'Almacén de ideas'. Como estaba entreabierta, decidieron entrar. Las tres se quedaron perplejas. Acababan de entrar en una especie de biblioteca gigante. El peso del techo recaía sobre unos gruesos pilares de los que colgaban unas recargadas lámparas y entre los cuales se hallaban cientos, quizá miles de estanterías llenas de todo tipo de libros. En cada estantería había una serie de mesas y sillas, además había gente por doquier. Algunos estaban sentados, estudiando o escribiendo, y otros estaban de pie, ordenando y rebuscando entre los libros. Aunque esa gente no era del todo normal. Andaban como almas en pena. Nadie hablaba con nadie y tampoco parecían darse cuenta de nuestra presencia. En cuanto al aspecto físico, se podían tomar por personas normales, salvo por su manera de caminar encogidos y su piel pálida. Había hombres y mujeres que superaban los cincuenta años y todos ellos llevaban una misma túnica azul marino ajada por el uso.

--¡A ver, co!, ¿qué hace toda esta gente rara aquí?-- preguntó Jessica con su finura habitual.
--A lo mejor no saben hablar nuestro idioma-- apuntó Otilia.
--¡Pero cómo no van a saber hablar nuestro idioma, hombre!-- exclamó Silvia.

Mientras discutían, se les acercó una señora, que parecía la más veterana.

--¿De qué curso sois, niñas?-- preguntó amablemente.
--Somos de segundo de secundaria-- contestamos al unísono, un poco asustadas.

La mujer las miró extrañada y pudieron comprobar que en sus pupilas había pequeñas letras grabadas.

--No tenemos nada de segundo, así que largo-- ya no nos pareció tan amable.
--¿Pero qué hacéis todos aquí, debajo de nuestro colegio?-- insistió Jessica.
--Esto es el Almacén de Ideas de vuestro colegio, nosotros hacemos y corregimos los exámenes que vuestros profesores nos traen, así como vuestros trabajos y cuadernos. Digamos que esto es como el motor del colegio.

De repente, todos los demás dejaron lo que estaban haciendo, levantaron la cabeza y entonaron una nota grave, la sirena del colegio.

--Ah, y también os avisamos cuando termina el recreo --contestó con una sonrisa--, pero será mejor que volváis, si no os queréis perder las clases.

Nos despedimos y dejamos atrás las grandes puertas de madera del Almacén de Ideas, volviendo a nuestras vidas.

 

 

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