Para recordar

 

María Carrasco Nacarino, 3º ESO IES Ítaca

Recuerdo hace unas cuantas décadas, corría el año 1948, yo era una jovencita con sueños y aspiraciones. Ese verano acababa de cumplir los 18 años y mis padres decidieron enviarnos a mi hermano y a mí a visitar a mis abuelos, ya que mi abuela estaba bastante enferma en aquel entonces.

Lo que en principio iba a durar dos semanas acabaron siendo tres meses. Tres meses inolvidables, divertidos y asombrosos; sin duda los mejores meses de mi vida.

Los primeros días no estábamos muy integrados entre los demás adolescentes. Pero mi hermano encontró enseguida nuevos amigos con los que pasar el resto del verano. Yo era bastante más tímida así que me dediqué a hacer las tareas del hogar, leer y cuidar a mi abuela.

Un día me dirigí al campo a recoger los frutos que tras varios meses de riego y cuidados habían crecido.

Cuando terminé de recogerlos, me aproximé a la orilla del río a lavarme la cara y las manos llenas de tierra y sudor. De repente alguien intentó tirarme al río pero antes de conseguirlo me volvió a agarrar. Dos grandes manos me apresaban por las costillas, en ese instante me giré y me tropecé con esos hermosos ojos marrones escondidos bajo un flequillo rubio manchado de barro. Esos labios curvados sobre una sonrisa increíble denotaban en él un aspecto muy bromista. Era el joven más guapo que jamás había visto y que jamás volvería a ver.

A continuación me incorporé, pero él no dejó de sostenerme por la cintura hasta que volví a recuperar el equilibrio; algo bastante difícil después de haberle visto.

De repente cogió el gorro que había dejado en el suelo previamente al empujón, se estiró y mediante una reverencia se presentó a mí sin dejar de sonreír. Me dijo:
--Mi nombre es Alfred, señorita, encantado de conocerla.
--El mío Anne, lo mismo le digo.

Con esa presentación comenzamos a hablar durante un largo tiempo, hasta que el día se convirtió en una noche estrellada donde las únicas voces que se oían eran las nuestras.

A pesar de las ganas que ambos teníamos de seguir hablando, se estaba haciendo demasiado tarde y debía ir a cuidar a la abuela. Así que nos despedimos y él me dijo:
--¿Sabes? Hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien como esta tarde. Has sacado lo mejor de mí, no he parado de sonreír y no podía cesar de mirarte.

Mientras decía eso se iba acercando hacia mí y se me cortaba la respiración, pero justo antes de que nuestros labios se rozasen, se apartó y me dijo:
--Lo bueno se hace esperar.

Pasaron los días y no lo volví a ver hasta que un día, tal y como hizo la primera vez, me empujó hacia el río y me volvió a agarrar.

Sin tan siquiera pensarlo nos besamos, nos besamos como si no hubiera un mañana, como si el mundo girase únicamente a nuestro alrededor y nadie nos pudiera interrumpir jamás.

Así, entre besos, caricias y abrazos, iba acabándose el verano; ambos éramos conscientes de lo que iba a ocurrir pero ninguno queríamos aceptar que se iba a acabar.

A pesar de oponernos al reloj y al calendario, el tiempo era más poderoso que nosotros y al fin llegó el día de la despedida.

Me ayudó a recoger las maletas pero media hora antes de que mis padres volvieran a por nosotros decidimos volver al lugar que nos había unido.

Alfred sacó una navaja y talló en el chopo que cubría nuestras cabezas las iniciales de nuestros nombres y apellido. Entonces me dijo:

--Si la vida es justa, algún día volveremos aquí y con esta misma navaja tallaremos todas y cada una de las fechas importantes de nuestra vida juntos, por ahora escribiremos la fecha del 13/6/48; el día más feliz de mi existencia gracias a ti.

Volvimos a casa y ya habían llegado mis padres y las maletas ya estaban metidas en el coche.

Alfred me besó por última vez y me susurró al oído:
--Si eres lo bastante afortunada por ser diferente, jamás cambies.

En ese momento no entendí el significado de lo que me dijo pero con los años me he dado cuenta de la razón que tenía. Le miré a los ojos por última vez y se adentró de nuevo en los campos.

Así acaba esta historia, que es la última que voy a escribir en mi diario. Si algún día encontráis esto, mis pequeñas nietas, solamente os pido una cosa, cuando deis con esa persona que os haga feliz, no la dejéis escapar porque la vida no siempre es justa.

Con mucho amor: La abuela Anne.

 

 

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