La pérdida de mi inocencia

 

Yaiza Aznar, 3º ESO IES Juan de Lanuza de Borja

(Contra la escalada de violaciones a mujeres en la India)

Cada vez tengo más miedo. Cada vez la sensación de pánico ocupa una parte más amplia de mi mente. He crecido con el temor de que un hombre me vuelva a tocar. Lo único que siento es que jamás podré tener un hijo. No me preocupa. Si es varón, crecerá entre una sociedad de violadores sin escrúpulos. Si, por el contrario, es una niña, será sometida a la tortura de cada día, evitando quedarse sola en las calles, en el colegio, incluso en el autobús. De día, de noche. Eso no les importa... Prefiero quedarme sola. Prefiero comerme el miedo, el dolor y las magulladuras. Como he hecho durante todos estos años.

Las arrugas de mi cara. Las heridas de mi piel. Cuentan la historia de quién fui, de quién soy. Cuentan la historia de dónde he estado. Cuentan también a qué y a quiénes fui sometida. Entregada. Y lo más importante. Cuentan cómo he llegado hasta aquí. Pero realmente estas historias no sirven de nada, cuando no tienes a quién contárselas...

Siempre he admirado a mi madre. Incluso el día que ocurrió la tragedia. La admiro. Nunca la he visto llorar. Bueno, sí, aquel día sí.

Yo tan solo tenía seis añitos. Era inofensiva. Siempre llevaba ese vestidito amarillo. Me encantaba. Como todos los días cuando salía del cole, mi monitora de bus nos estaba esperando, pero esta vez no subió con nosotros. Me asusté un poco, ya que mi madre me repetía constantemente que no me quedara sola. No me iba a pasar nada. Yo era una niña muy valiente. Y nadie podía conmigo. Sólo quedábamos Aarush y yo. Siempre nos quedábamos los últimos. Ahí estaba su parada. Me había quedado sola.

Me entretenía contando las motitas de polvo que había en el trozo de cristal que nos separaba de la carretera. Cuando me quise dar cuenta, el autobús se había detenido. Pero, esa no era mi casa. No sabía dónde estaba. Miré al conductor y le dije que se había confundido. Él me acarició la cara. Yo me enfadé y se la quité inmediatamente. Qué asco...

Lo que pasó después ha sido lo que me ha traumatizado cada minuto, cada día, cada año de mi vida...

Corrí, corrí muchísimo hasta que se me enredaron las piernas. Me caí. Él vino detrás con una sonrisa sarcástica y me dijo: "Adónde vas, pequeña, tú no te mueves de aquí". Me rompió el vestidito que llevaba puesto desde hace dos meses. Con lo que me gustaba... Yo pensaba que iba a parar ahí. Pero me equivoqué.

Me bajó las braguitas hasta las rodillas y noté un fuerte impulso. No sabía qué era lo que estaba haciendo conmigo. Me dolía todo el cuerpo. Él balanceaba mi cadera de un lado a otro mientras gritaba y me pegaba, me pegaba muy fuerte. Mis llantos no lograban pararlo. No se cansaba. Hizo lo mismo unas diez veces...

Quedé tirada en el suelo. Sangrando. Me temblaban las piernas y cualquier intento de levantarme era nulo. Tenía miedo. El autobús se puso en marcha de nuevo. Y cuando me quise dar cuenta estaba tirada en la cuneta de la carretera, a unos diez metros de mi casa.

Desperté. Y lo primero que oí fue el llanto de mi madre. Estaba gritando y llorando. Sí, lloraba mucho. Yo intentaba consolarla. Sonreía, sonreía hasta el momento en el que me di cuenta de que mi boca también dejaba caer gotitas de sangre. Intenté levantarme para que mi mamá viera que estaba perfectamente. Pero, cuando hice el gesto de impulso, rompí a llorar como no lo había hecho nunca.

Me llevaron al hospital. Era de esperar. Cuando entró el médico me asusté. Me tapé con la primera sábana que vi. Y me sujeté muy fuerte mi nuevo, aunque horrible vestido. Cogía a mi madre de la chaqueta y le decía que no me dejara sola. Que ella tenía razón. No soy tan valiente como pensaba. Le rogaba que se quedara conmigo.

Por mucho que el médico intentaba explicarme que él era bueno. Yo me limitaba a llorar y a llorar. Se fue. Era el turno de la enfermera. El mínimo gesto de mi rostro bastó para que mi madre se diera cuenta de que ya había comenzado el miedo, el asco hacia los hombres. Y el coraje y la liberación de ver a una mujer sonreír.

Llevaba varias heridas internas, además de las numerosas marcas que se podían observar en mi cuerpo. Mi madre cada vez estaba peor. Lo notaba.

Aún tengo cicatrices y marcas de las heridas de aquel ser. Pero el recuerdo no se ha ido. Cada noche sueño con ese día. Día tras día voy temiendo más a los hombres. Tengo dieciocho años y sigo teniendo miedo de quedarme sola en los autobuses.

Mi madre se ha marchado, y mis hermanos están repartidos por muchas partes del mundo. Ellos han tenido suerte. Yo soy una deshonra para la familia. Mi cuerpo ha sido entregado involuntariamente a ese ser asqueroso.

No me pienso casar, aunque dudo que pueda. No pienso dejar que un hombre vuelva a romper mi vestido. Estoy cansada de que lo vean como algo normal. Esto es un infierno. Aquí somos objetos sexuales. Bueno, ni siquiera nos consideran objetos. Yo diría que somos una mezcla entre basura y animales.

Lo peor es que sigo teniendo miedo. Intento ser fuerte pero no lo consigo. De hecho, ahora mismo estoy sentada en el último asiento del autobús y me parece que la única señora que está a mi lado tiene que bajarse ya...

 

 

foto

 

» Subir
» Imprimir página
» Más noticias de Rincón Literario

 

 
Contacto | Aviso Legal | Inicio

Desarrollado por DiCom Medios, S.L.
© Prensa Diaria Aragonesa

Ibercaja Gobierno de Aragón