Monólogo de un asesino

 

Carolina Orrite Muñoz, El Pilar Maristas

Mis ojos no son de loco. Mis manos no tiemblan. Mi voz no falla, solo la tengo algo ronca. Un caramelo, eso me aliviará. No, no es por tu presencia. Loco. Yo no estoy loco. Tampoco paranoico, ¿verdad? Contesta. ¡Contesta, maldita sea!

Sangro... Te he golpeado tan fuerte que sangro. ¿Por qué sigues en silencio? Déjame verte la cara. ¡Déjame verte la cara!

No tienes sentimientos. Estás vacía. ¿Por qué me haces esto? Eres malvada. Tú, tú. No yo. ¡No te atrevas a moverte! Di algo, permíteme oír tu voz una sola vez... ¡Dí algo, maldita sea!

Hoy me libraré de tu mirada para siempre. ¡Deja de mirarme! ¡Deja de juzgarme!

¿Por qué? Solo te pregunto por qué ¡Y tú no respondes! ¡Habla, habla!

Estoy sangrando...

Me sigues a todas partes... en silencio, siempre ese condenado silencio. ¡Grita, grita, maldita sea! Me acosas, me persigues. ¿Por qué?

Estoy cansado de huir, huir de ti. Todos se apartan, tratan de mirar en mi interior, les asusta. Intento rehacerme, recoger los restos de lo que una vez fue mi cordura.

Voy a arrancarte de mis entrañas, voy a arrancarte de este mundo. ¿Me oyes? Voy a matarte.

Estoy siendo racional, estoy siendo lógico. No puedes pedirme nada más allá de eso. No alimentaré más tu oscura perversión. ¿Eres consciente? Es tu culpa. Estás en todas partes. Te veo en la calle, en el trabajo, en mi casa, en la noche, en el día. No puedo escapar de ti y, créeme, lo he intentado. Eres tú quien me persigue, eres tú quien me obliga. Unida a mis talones.

¿Por qué está tan oscuro ya? Las sombras rezuman de las paredes. Es la hora, es la hora. Me vigilas, me acechas, me juzgas. Tu locura es peor que la mía.

No dirás nada, ¿verdad? Veinte años y ni una vez he oído tu voz, ni una vez vi tu rostro. Así sea entonces. Tu silencio morirá contigo bajo el estallido de la pólvora. Nunca más podrás seguirme, no podrás moverte nunca más.

Y apoyé mi pistola sobre mi sien. La sangre manchó, de la habitación donde yo siempre estuve solo, la pared; la pared donde se proyecta mi sombra que no podrá moverse nunca más.

 

 

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