El desconocido del espejo

 

Inés Pelegrín, 1º Bachillerato Colegio la Salle Franciscanas Gran Vía

Es como nadar en un mar de caras. La gente se para a hablarte, te mira y sonríe, y tú respondes cortés que ha sido un placer encontrarte con esa persona anónima y que por supuesto que la llamarás. Pero claro, si no recuerdo de qué la conozco, voy a recordar su número. La verdad es que simplemente sonriendo suelo conseguir salir del paso. No, definitivamente el problema no está en los encuentros casuales, qué va.

El problema es cuando me despierto por la mañana en una cama que me es desconocida, miro a mi alrededor y veo un marco de fotos con una pareja joven y sonriente. La chica tiene unos ojos grandes, marrones y expresivos que inspiran algo en el fondo de mi cabeza. Por supuesto, esta sensación se esfuma en seguida, en cuanto me percato de que hay un bulto a mi lado en la cama.

Trato de levantarme sin hacer ruido y me meto en un pequeño cuarto a la izquierda. Es un baño, eso lo sé, pero parece que hay otra persona al otro lado del lavabo, mirándome fijamente. Es un hombre ya entrado en años, de unos 60 aproximadamente, en un pijama de franela azul.

--¿Quién eres? --le pregunto secamente, pero da la casualidad de que este hace la misma pregunta justo a la vez que yo. Veo como empieza a fruncir el ceño. Me giro para encararle, y él hace lo propio al mismo tiempo.

--Te he hecho una pregunta --otra vez a la vez. Empiezo a molestarme. Trato de acercarme más, cuando veo que él hace lo mismo. Freno en seco mientras levanto una mano para detenerle y que no choque contra mí, pero todo lo que noto es cristal. Su dedo se encuentra en la misma posición, al otro lado.

Entonces algo en mi cabeza comienza a despertarse. Es como un zumbido suave y algo incómodo, que cada vez va a más. Y entonces me acuerdo: me estaba mirando en un espejo, en el de mi baño, en la casa en la que llevo viviendo 30 años.

--¡Maggie! --grito. Me sale del alma.

Una mujer mayor entra en la habitación con su cabello plateado y una alarma latente en sus preciosos ojos marrones, con ese brillo tan especial que siempre los ha hecho jóvenes.

--Oh, Maggie --suspiro--. ¿Qué me está pasando, Maggie?

Su nombre es como un chaleco salvavidas en un mar revuelto, sé que si soy capaz de repetirlo todo irá bien.

--Te acuerdas de mí --murmura suavemente. Sus ojos brillan.

--Cómo iba a olvidarte.

Estoy confuso. Es mi mujer desde hace casi 50 años y estoy seguro de que el amor de mi vida, ¿cómo iba a olvidarla?

--Cielo, tienes alzheimer.

Siento cómo el aire escapa de mis pulmones, así que la abrazo y tan solo viene una frase a mi cabeza:

--Maggie, mi Maggie, te quiero.

 

 

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