El recuerdo de una vida

 

Obra ganadora en el II Concurso Escolar de relato breve Ramón J. Sender en la Librería Valentina Cancer de la UNED

Marina Cans, 1º ESO S. José Calasanz de Barbastro

A veces me gusta recordar, sentarme bajo el viejo nogal y pensar en mi amigo y cuando me inunda la nostalgia me alegra saber que ahora está en un lugar mejor.

Conocí a Paco un verano, yo tan solo tenía 8 años. Mis padres y yo nos mudamos a vivir a un pequeño pueblo cerca de Lérida. Al principio yo vivía en esa ciudad y fue difícil acostumbrarse a la vida del campo siendo yo un chaval de ciudad. Mi buen amigo Paco me enseñó las maravillas del pueblo... Recuerdo perfectamente en cada uno de los líos en los que nos metimos.

Una mañana decidimos ir a ayudar a Mosén Millán, éste nos encargó que fuéramos a buscar buen vino a casa de Don Gumersindo. Ya de vuelta a la iglesia, con las botellas en la mano, un inesperado accidente hizo que las botellas cayeran al suelo, se rompieran y se perdiera el vino. Entonces se nos ocurrió llenar otra botella de vinagre para evitar que Mosén Millán se enfadara con nosotros por no conseguir su recado. En la misa de esa semana, cuando Mosén Millán dio un sorbo al vinagre, empezó a toser y todos los chavales del pueblo estallaron en risas. Cuando Mosén Millán se enteró de que habíamos sido nosotros, nos arreó con un cinturón. Recuerdo otra vez que nos escondimos detrás de unos juncos para ver a unas mozas bañarse en el río. En cuanto estas descubrieron que las estábamos observando, nos lanzaron hojas y piedras y caímos al agua.

Con Paco he compartido momentos divertidos pero también momentos espirituales como la comunión y la confirmación. Siempre nos ha gustado subir al viejo nogal para escuchar el río, el viento, los árboles, las aves... Siempre quedarán en mi corazón los buenos momentos con mi amigo. Pero uno conforme se va haciendo mayor va perdiendo la felicidad. Aquellos tiempos no eran buenos para España por lo que cuando los mozos se hacían mayores la guerra los llamaba. Mi amigo consiguió evitarla pero yo no, así que hubo una despedida, una despedida dolorosa y triste, no quería dejar a mi amigo. Las despedidas siempre son tristes, abren nuevos y valiosos caminos pero cierran los que de verdad son tesoros, las despedidas son traicioneras.

Así que ahí nos separamos, yo hacia la desolada y triste guerra y Paco se ocupó del molino y de formar una familia.

Pasaban los años y las guerras. Yo no sabía nada de Paco, así que decidí mandarle una carta en la que anunciaba que volvería pronto al pueblo. A la que me contestó diciendo que estaba muy ilusionado y que tenía ganas de que nos viéramos pronto.

Volví al viejo pueblo, encontré feliz a Paco, tenía una vida, se había casado con Águeda, la mujer de la que siempre había estado enamorado, me alegré de volver a verlo; pero lo bueno es efímero, pronto debía volver a la guerra. Me fui triste pero con la ilusión de que volvería otra vez al pueblo a ver a Paco, pero yo no sabía que sería la última vez que lo vería, que reiría con él, que pasaríamos una tarde junto al viejo nogal de los recuerdos. Así que me fui de vuelta a la guerra y volví a dejar a mi amigo.

Pasó la guerra y Paco y yo nos mandábamos cartas, pero la cartas cesaron, no me llegaban noticias de Paco; por esa razón decidí volver una temporada al pueblo.

Llegar al pueblo me hizo recordar, pensar en mi amigo y noté cómo me inundaba la nostalgia aunque sabía que él estaría en un lugar mejor. Me dolió perderlo, Paco había muerto, había sido fusilado a las afueras del pueblo. Ahora lo entierran y recuerdo los buenos momentos.

Ojalá algún día podamos volver a reír bajo el viejo nogal. Por ahora solo puedo recordar.

 

 

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