Nunca te olvidaré (parte I)

 

Ganador del primer premio en la categoría 1° y 2° de ESO del Concurso Fiestas de San Valero 2013

Celia Morcillo, Fundación Educativa Calasanz

La luz del sol atravesaba las hojas de los árboles e iluminaba los verdes prados. Los animales se movían inquietos por la primavera y las golondrinas entonaban sus alegres melodías. Bajo un alto árbol y a la orilla de un riachuelo, una bella joven observaba el transcurso del agua, lento y claro; su cabello de oro resplandecía como rayos de luz y sus ojos claros como la miel resaltaban su dulzura. De piel blanca como la porcelana y de mejillas sonrosadas, delataban la riqueza que poseía, más ella con su traje blanco de seda y su hilo de oro desentonaban entre la agreste madreselva. Contemplaba el agua como si en ella se encontrara la respuesta a su vacío. El crujir de una rama hizo que algo en sus adentros se despertara y un recuerdo acudiera a su mente, en ese mismo instante dejó aparecer en su rostro una sonrisa, y en ella mostró unos dientes blancos como perlas. Al cabo de un segundo, como si de una ráfaga de viento se tratase, ese buen recuerdo se borró de su mente y dio lugar a la tristeza que llevaba asomando desde hacía tiempo. No había pasado mucho tiempo desde que su amado Aer había desaparecido de su vida.

El país vecinos había continuado su conquista por las tierras del Sur, su pueblo había pactado con él, pero había sido en vano; hombres y mujeres habían luchado por defender su amada tierra, pero ni la fuerza de voluntad ni la valentía le habían impedido a un ejército arrasar todo. Se había derramado sangre, sudor y lágrimas, más había sido inútil pues el otro bando les doblaba en número. Demasiadas vidas inocentes habían sido sacrificadas sólo por la sed de poderío que dominaba a muchos hombres; infantes y niños habían desaparecido entre las cenizas y sus almas jóvenes y hermosas de inexistente sabiduría se habían perdido para siempre. Padres tristes y furiosos, rojos de rabia, habían intentado vengar las muertes de sus hijos acabando con la vida de sus asesinos, más se dieron cuenta de que aquello no se los devolvería sino que lo empeoraría. El frío invierno jugaba en su contra pues no estaban lo suficientemente armados y capacitados para luchar contra los fuertes vientos helados y sus lenguas de hielo, pues muchos murieron de hipotermia.

La bella joven de rubios cabellos, llamada Templanza, no había sufrido por sus propias sensaciones aquello, pero sí sus ojos lo habían visto todos, y esas imágenes jamás se borrarían de su mente. El pero recuerdo que poseía, y aquello que le había hecho palidecer y callar, todavía lo vivía día tras día, pues trataba del joven Aer, quien fuerte y armando de valentía se había propuesto defender a su pueblo y salvar a su familia.

Una noche oscura y fría, unos hombres del bando contrario habían quemado las casas de varios campesinos de la villa. Aer, que no tenía nada que ver con ellos, fue en su ayuda, mas él no estaba dispuesto a permitir que más gente inocente muriera. Ningún ejército lo siguió, pues la mayoría de sus hombres estaban heridos y débiles. Alrededor de las casas se encontraban los causantes de aquel infierno y él desenvainó su espada y derribó a uno de los dos hombres. El segundo no tenía aspecto de blando y el joven sabía que no sería fácil vencerlo, pues él no poseía una gran musculatura.

Cuando Templanza se enteró de que su amado estaba luchando solo entre la oscuridad de la noche y la fría nieve del invierno no dudó en ir junto a él. Sin pensárselo ni un momento, montón sobre su caballo blanco y fue directa hacia donde las huellas de herradura de otro la dirigían. A lo lejos vislumbró unas llamaradas y temió encontrarse a Aer entre ellas, pero algo en su interior la hizo avanzar. Desmontó de su caballo y se escondió entre los árboles, observando la escena en la que el hombre grande y fuerte iba debilitando a Aer con su estoque. Cuando la punta de la espada le rozó el pecho y en él se marcó una línea roja, sintió como se le helaba la sangre. Las lágrimas amenazaban con salir, pero las reprimió diciéndose que el podría y que lucharía hasta el final. Cuando éste, solo y debilitado, dejó caer su espada entre la gruesa nieve, Templanza supo que estaba todo perdido. El fuerte hombro atravesó el corazón del joven, y victorioso y alegre volvió sobre sus pasos para montar en su caballo y marcharse directo a su campamento. Pasaron unos segundos hasta que Templanza asimiló lo que había ocurrido: su amado hasta hace unos momentos fuerte y dispuesto a defender a su pueblo, ahora yacía bocabajo sobre un charco de nieve teñida por la sangre que emanaba de su pecho.

Ella se arrastró junto a él y con sus manos frías consiguió darle la vuelta, puso su cabeza en su regazo y le retiró varios mechones de pelo que cubrían su frente. Todavía tenía los ojos abiertos, de color azul como el cielo, había desaparecido el brillo lleno de júbilo que tantas veces había hecho aparecer en el rostro de Templanza una sonrisa. Ahora miraban al vacío de la noche sin un ápice de vivacidad. Sobre su cara cayeron varias lágrimas provenientes de su amada, que sostenía su rostro con ambas manos, como si eso hiciese que su alma no ascendiera al cielo para reencontrarse con los suyos. Ella le besó en los fríos labios a modo de despedida, pues sabía que jamás volvería a verlo; ahora ya solo podría contemplarlo en sus sueños y en sus recuerdos, muchos compartidos puesto que se conocían desde que eran niños.

 

 

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