Nunca te olvidaré (parte II)

 

Ganador del primer premio en la categoría 1° y 2° de ESO del Concurso Fiestas de San Valero 2013

Celia Morcillo, Fundación Educativa Calasanz

Los días siguientes transcurrieron tristes y melancólicos, en el aire podía sentirse su pérdida, pues ya nadie sonreía, la alegría había desaparecido. Semanas después, la guerra había terminado saliendo victorioso su pueblo gracias a la ayuda de otros vecinos, pero por muy felices que pudieran sentirse al ganar, ellos no lo mostraban, pues en su interior la tristeza y el vacío les inundaban. Muchos habían perdido todo aquellos por lo que habían luchado, una familia, una casa, un trabajo, una vida digna; tardaron mucho en transformar un montón de escombros y cenizas en el pueblo que era hora, libre y dispuesto a seguir adelante para que las muertes de aquellas personas no hubieran sido en vano.

Pronto se celebraría la fiesta de la primavera. Todos se vestían con sus mejores galas y portaban las flores del azahar, ya que para ellos simbolizaba el renacer de una persona y el volver a sentirse un niño. Las calles se llenaban de guirnaldas y los balcones se mostraban llenos de color y viveza, cubiertos de vistosos colores rojos, morados, amarillos y blancos. La plaza se llenaba de puestos de comida y las gentes acudían allí a reunirse. En esos momentos no existían las jerarquías ni el poder, pues todos eran iguales y nadie servía a nadie. Los hombres reducían su jornal y las mujeres descansaban al sol de la primavera. Desde los campos podía escucharse el cotorreo de las aves mezclado con el delicado sonido de la guitarra.

Eran días felices para todos, menos para Templanza. A ella le había costado mucho más volver a la vida y acostumbrarse al gran vacío que su corazón guardaba. Todos a su alrededor habían superado la triste guerra, más ella se sentía débil sin la alegría que suponía despertarse cada día sabiendo que la persona a la que amas ya no estará aquí para dedicarte su mejor sonrisa. Con ánimo y esfuerzo logró volver a sus ocupaciones anteriores, día tras día iba realizando progresos, lo que le devolvía el brillo y la vivacidad de su mirada.

En cuando el buen tiempo llegó a su pueblo la visita de príncipes y condes aumentaron. Al principio lo hacían por el interés que suponía que un pueblo devastado se hubiera recuperado tan rápidamente, pero finalmente todos quedaron hipnotizados por la belleza de Templanza. Por muy bellos que fuesen y los muchos privilegios que ellos podían ofrecerle, a ella no le bastaban, pues no sentía nada por aquellos hombres.

Le habían dado más riqueza en joyas de la que ella nunca hubiera visto o podido imaginar, pero a Templanza la única que le importaba era una pieza hecha de cuarzo que Aer le había regalado hacía muchos años atrás. Para ella una muestra de amor por pequeña que fuese le valía más que todo el oro del mundo; incluso algunos de esos hombres que pasaban esos días en el pueblo se habían encaminado a hablar con su padre para que éste les diera su permiso, mas el nunca traicionaría el corazón de su hija lanzándole a los brazos de otro hombre si ella no le quería.

Durante esos días de fiesta Templanza aprovechaba para escapar y huir de las miradas de pena de la gente y refugiarse en los fuertes brazos del bosque que siempre la recogían y la consolaban si el día se le hacía duro. De alguna manera, el cálido gorjeo de los pájaros y el sonido del aire y el agua la hacían transportarse a otro mundo, uno en el que no existían ni las obligaciones ni la responsabilidad.

Aquel día había acudido al bosque para tratar de olvidar los recuerdos del pasado que habían amenazado con salir y perseguirla de nuevo; esto había ocurrido por la mañana temprano cuando acudían a la entrada de la iglesia a dejar unos ramos de flores, como mandaba la costumbre del pueblo. Al ir a dejarlas en las escaleras junto a las demás ofrendas, había visto a la madre de su prometido, vestida de amarillo y con el cabello suelto y largo. Con solo sentir el roce de sus ojos posarse sobre en ella había huido para no tener que enfrentarse una vez más al dolor del recuerdo y de la pérdida; quizás habían transcurrido muchos meses desde el accidente pero todavía no lo había superado y no se sentía con fuerzas como para mirarla a los ojos y afrontar que Aer no volvería.

Tras un momento de ensoñación volvió a la realidad y observó el paisaje que se abría ante sus ojos. Tuvo que parpadear varias veces para darse cuenta de lo que pasaba: un pájaro de vivos colores acababa de aterrizar en un nido para alimentar a sus polluelos, más a lo lejos había unas ardillas rojas sobre la rama de un árbol, juntas, como si nada fuese a separarlas porque ese vínculo era más fuerte que cualquier otro. Entonces levantó la vista y vio un gran pájaro azul sobrevolar la zona.

En ese mismo instante comprendió lo que ocurría; tanto la madre de Aer como muchas otras habían dejado atrás la tristeza y el odio para dar paso a una larga vida llena de felicidad. No habían olvidado lo que era sentirse desdichado por haber perdido a alguien amado, pero habían aprendido a ser felices y a vivir el resto de las alegrías que todavía les quedaban por descubrir. Se puso en pie mostrando al aire su rostro, dejando que el viento ondeara su cabello.

Había comprendido que no debía dejar que el pasado la atormentara, eso formaría parte de ella para siempre por mucho esfuerzo que pusiera en tratar de librarse de ello, pero debía aprovechar la vida que la había sido otorgada y vivir la de aquellos que ya no podían; más Aer lo decía: "Las personas somos aire lleno de sensaciones, libre y sin ataduras, lo suficientemente conscientes como para poder elegir nuestra forma de vida y disfrutarla al máximo".

Templanza, tras entender aquello, besó su colgante y en su rostro mostró una enorme sonrisa. Había dejado atrás la angustia y la agonía de sentirse atrapada por el dolor, y ahora estaba lista para seguir adelante y mostrarle al mundo que no se equivocaba por haberle dado aquella vida.

 

 

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