Ya no tengo hambre

 

Yaiza Aznar, 4º ESO IES Juan de Lanuza

Son las cinco de la mañana y tengo hambre. Creo que llevo tres días sin comer. A pesar de mis miserables e insignificantes ocho años, soy el mayor de mis cinco hermanos. Ayer fueron ellos los que comieron. Tengo que llamar mamá a tres mujeres diferentes, y creo que pronto lo tendré que hacer con una cuarta. Menos mal que solo tengo un papá. Por muchas mamás que tenga, ninguna se hace cargo de mí, ni de mis hermanos. Como siga aumentando el número de mamás, también aumentará el de los niños. Más bebés, más bocas a las que alimentar.

Cualquier niño estaría contento de tener hermanitos. Aunque parezca muy cruel, ojalá yo no tuviera ninguno. He visto que en algunos países solo tienen una mamá, y como mucho dos o tres niños. Tienen suerte. Yo tengo hambre.

Me levanto sin hacer ningún tipo de ruido. Miro la cama de mi padre. Hoy ha dormido con otra mujer. Qué extraño, no recordaba que ella fuera una de mis mamás. Salgo a la calle. No puedo casi andar, pero intento hacer un esfuerzo. Me caigo.

Ahora son las seis y media de la mañana. No sé qué me ha pasado, supongo que me habré quedado dormido. Tengo que llegar al mercadillo. A estas horas de la mañana, la comida estará fresca. Tengo que andar unos cinco kilómetros, pero no me importa, tengo hambre.

Empiezo a olisquear todos los diferentes aromas que llegan hasta mí. Desearía poder comerme todo lo que veo en este mismo instante. A pesar de mis ocho años, soy todo un hombre. No tengo dinero, pero aún así lo soy, todo un hombrecito. Me armo de valor, como hago casi todos los días. Intento que nadie me vea. Intento ser más rápido que el hambre. No creo que sea el mejor ejemplo. Hablar del hambre no me ayuda a superarlo.

El vendedor está ocupado. Tiene un cliente. Es el momento perfecto. Esa barra de pan me está mirando fijamente. Y yo tengo hambre. Estiro el brazo como si del cuello de una jirafa se tratara. Ya lo he cogido. Solo tengo que traerlo hacia mí.

He notado que una mano me ha cogido de la espalda. Ahora noto otra mano agarrando mi pelo. Me hace daño. Y yo sigo teniendo hambre.

Me he dado la vuelta rápidamente. Es un señor muy alto. Probablemente amigo del vendedor. Me ha arrebatado el pan de las manos. Y me ha tirado al suelo, logrando así que mi nariz sangrara. Ha llamado al señor del pan. Me han cogido entre los dos. Tengo hambre.

Me han pegado en el culo con una especie de látigo. Supongo que lo merezco. No obstante, ahí no ha acabado todo. Ha aparecido un coche. Se ha parado en seco delante de mí. Me han tirado al suelo. Han puesto una especie de paño en él, y encima han colocado mi brazo. Tengo hambre, y también miedo.

Los dos hombres me han sujetado fuerte contra el suelo. No puedo moverme. El coche se ha puesto en marcha, y se dirige hacia mí, hacia mi brazo. Noto una fuerte presión en mi extremidad. Rompo a llorar. Voy notando como si algo se me reventara por dentro. Veo sangre. Veo mucha sangre. Pero no veo mi brazo por ninguna parte.

He decidido no mirar. He decidido mirar al suelo. Pero esos desgraciados me han puesto la frente en alto y he podido contemplar el desgarro de mi extremidad superior. Ha sido como una bomba que ha explotado solamente en mi brazo. Me duele. Me duele muchísimo.

Veo que toda la gente que hay a mí alrededor se ríe de mí. Comentan. Se burlan. Yo lloro. Una niña se acerca lentamente y me ofrece un trozo de pan. Lo miro ansioso. La miro a ella, y le niego con la cabeza. Ya no tengo hambre...

 

 

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