La última batalla

 

Alicia Vijil Picot, 2º ESO IES Ítaca

Empecé a recordar el último día con ella. Debajo del árbol, nuestro árbol. En todo el enorme castillo el único sitio tranquilo era el jardín, con decenas de flores, plantas y árboles. Estaba todo planeado. Y de pronto, se desvaneció. Entonces, uno de los caballeros del castillo, sir Arthur me hizo una proposición que no pude rechazar, aunque se interpusiese en nuestros planes. Mi sueño siempre había sido ser un caballero, pero mi condición social no lo permitía, ya que era de una familia pobre y muy numerosa. Sólo podría aspirar a limpiar los establos o eso creía.

Nuestro país caía poco a poco, mientras otros se declaraban vencedores antes de tiempo. La Cruzada de los Reyes seguía avanzando, los guerreros cayendo y los gobernantes mandando refuerzos. Casi todos los hombres aptos para acudir a luchar habían ido y la mayor parte habían muerto.

Cuando sir Arthur, un caballero novato, me pidió que fuese su escudero ni lo pensé. No consideré el riesgo de morir o peor aún, no volver a ver a Leila.

Una semana después de aceptar, me despedí de mi familia. Partiría con sir Arthur, otros dos caballeros y sus respectivos escuderos cuando el sol estuviese en su punto más alto. Ensillé a un viejo jamelgo de color pardo y coloqué las provisiones y mi espada, heredada de mi padre, vieja y oxidada. Salí de las caballerizas para afrontar la parte más dura del viaje. De espaldas a mí, con pequeñas flores blancas caídas del árbol en su cabello rojizo, observaba el horizonte. Al acercarme más, oí como lloraba. La abracé y limpié sus lágrimas.

--Todo saldrá bien. No te preocupes.
--Te echaré de menos. Irás muy lejos.
--Sé cuidarme solo, Leila.
--No dejes que te hagan daño.
--Volveré. Te lo prometo.

La abracé muy fuerte. De repente, la idea de ir a luchar y alejarme no me parecía tan atractiva. La solté y nadé en sus ojos verdes.

--Volveré-- le recordé en un susurro antes de besarla, deseando no haber aceptado nunca.
--Te estaré esperando.

Tras dos días cabalgando sin descanso, llegamos a un pequeño bosque. Acampamos en un claro no muy lejos del camino y encendimos una fogata con ramas que recogimos. William y Peter, los otros escuderos, comenzaron a divagar sobre cómo sería el estar en la batalla. Yo no prestaba mucha atención, ya que todos mis pensamientos se centraban en un solo lugar, un solo momento y una sola persona.

Nos acostamos después de comer algo, muy poco, porque el camino era largo y teníamos poca comida.

A la mañana siguiente nos deshicimos de los restos del fuego y seguimos nuestro viaje por caminos estrechos y apartados de cualquier pueblo o fortificación. No podíamos permitir que el enemigo nos viese y atacara o avisase de que Ricardo recibía ayuda. Entramos en una región habitada solo por árboles y algunos conejos. Los caballos trotaban alegremente y nosotros charlábamos despreocupados, pero la alegría duró poco.

Una sombra cayó de una rama alta y derribó a Arthur. Este intentó coger su espada, pero cuando se giró el hombre se le había adelantado. Era alto y delgado, de tez morena. Iba vestido con una larga túnica blanca que sólo dejaba a la vista sus ojos, oscuros y sin compasión. Pronto otros dos hombres nos rodeaban y amenazaban con espadas.

Mientras se ocupaban de saquear las alforjas me di cuenta de que Charles y John, los otros caballeros, no estaban. ¡Cobardes! Probablemente habían visto a los asaltantes y habían huido. Peter me dio un golpe y señaló un lugar entre los arbustos. Vi a John darle una señal a Charles, corrieron hasta los hombres y les atacaron. No los mataron, pero los dejaron inconscientes mientras nosotros borrábamos todo lo que hiciese pensar que habíamos estado allí. Abandonamos el lugar unas horas después, reanudando el viaje.

Tras varios días viajando, cruzando ríos, rodeando bosques, atravesando desfiladeros y evitando poblaciones, llegamos a nuestro destino. Un enorme campamento militar se extendía sobre el valle. Hileras de humo ascendían para perderse entre las nubes, se oía el canto los guerreros, acompañados del ruido de las espadas afilándose y los relinchos de los caballos. Hicimos galopar a nuestras monturas, ansiosos por llegar.

Nos asignaron un lugar para dormir a los tres escuderos y otro para nuestros caballos.

Por la noche casi no pude dormir, ardiendo en deseos de comenzar a luchar, vencer y volver a casa victorioso, aunque fuese un reconocimiento mínimo.

Cuando estaba a punto de envolverme el sueño oí ruidos extraños. Salí de la tienda y vi algo que me espantó: los mismos hombres que nos habían asaltado estaban allí, con antorchas. Parecían furiosos. ¿Nos habían seguido desde el bosque? Una locura acudió a mi mente. Cogí mi espada y salí a su encuentro. Solo había uno, los otros tres seguramente estarían robando. Reconocí al hombre que había saltado del árbol en nuestro primer encuentro. Murmuró algo en un idioma extraño para mí y se acercó, levantando la espada. Comenzamos a luchar en una danza mortal, lanzando estocadas ciegas de ira. Su sable acarició mi brazo, arrancándome un grito. Aprovechando mi momento de debilidad, vino hacia mí y su arma cayó sobre mi cuerpo haciéndome ver un infierno de dolor. Al oír los pasos de los que venían en mi ayuda, huyó dejándome tendido sobre el suelo, en un charco de sangre.

No podía ver ni sentir nada, solo podía escuchar las palabras inútiles de aquellos que se congregaban a mi alrededor.

La oscuridad me envolvió, y empecé a recordar el último día con ella.

 

 

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