Diagnóstico de la envidia

 

Víctor Castán Ruiz, 4º ESO IES Juan de Lanuza

El médico trató de explicarle la gravedad de la enfermedad. Decía que era una enfermedad muy rara, que pocas personas padecían. Explicaba que aunque, al parecer, no tenía síntoma alguno, el más mínimo contacto con el medio exterior podría acarrearle graves secuelas, incluso matarla.

Así pues tendría que pasar el resto de su vida en casa, como si los días fueran una repetición de los anteriores. Envidiaba a su joven hermano, que correteaba por el jardín y disfrutaba de su libertad, libertad que la joven infectada quería impedir. Trataba de contagiarlo de todas las formas que se le ocurrían, pero ella no sabía que era una enfermedad no infecciosa. Pasaba los días ideando planes para tratar de infectarlo ya que veía que el niño no era presa de la dolencia. Un día, mientras su despreocupada presa jugaba en la fina hierba del jardín, ella le dio un beso, un beso cargado de maldad para tratar de contagiarlo; el chico restó importancia a esta extraña muestra de afecto de su hermana, puesto que estaba observando cómo el cuerpo inerte de su hermana caía al suelo.

 

 

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