Solo por ti

 

Ana Martínez, 2º ESO IES Sierra de Guara

Mi nombre es Aurelia y podría decirse que soy una abuelita tradicional que emigró a Estados Unidos hace diez años para así poder cuidar ami nieta Estella. Todo comenzó cuando, tras un trágico accidente de coche, la pobrecita se quedó huérfana, sin nadie que pudiera hacerse cargo de ella. Yo, por aquel entonces un poco más joven y con conocimientos de inglés, decidí cambiar de vida e ir a vivir con ella a Miami, ya que volver a España y dejar a sus amigos y conocidos hubiera sido mucho más traumático para la niña.

Estella había hecho gimnasia rítmica desde muy pequeña y, una vez en el instituto, se apuntó al grupo de animadoras del equipo de baloncesto (ya sabéis, las conocidas cheerleaders). Dicha actividad le encantaba. Pasaba horas en su habitación y en el instituto practicando. En aquella ocasión, llevaba todo el curso esperando que llegara el 5 de junio, día en el que el equipo del centro jugaba contra los mejores de la ciudad y un montón de gente iría a verlas. Además, ¡por fin conseguirían estar todas las del grupo! Por un motivo u otro, ¡siempre faltaba una persona a los eventos importantes!

El día 4 de junio Estella vino llorando a casa porque la mascota del equipo, que era un lobo, se había roto un brazo y no encontraban a nadie que le reemplazara. Sin lobo, la actuación tenía que suspenderse. Puede que parezca una tontería, pero... ¡todos sabemos cómo son los niños de 13 años!

Estella estaba destrozada. Aunque a mí me duelen mucho los huesos y no estoy para muchos «trotes», al ver a mi niña tan triste decidí actuar en el espectáculo haciendo yo de lobo: al fin y al cabo solo tendría que ponerme el disfraz y bailar (o... hacer como si bailaba). Estella se puso contentísima cuando se lo dije y, sin perder tiempo, nos fuimos a pedir el disfraz.

Al llegar a casa lo primero que hice fue probármelo para ver si me valía, pero ése no resultó ser el problema. ¡El traje olía a sudor que mataba!, así que lo metí de inmediato en la lavadora.

Llegó el día tan esperado y, aunque un poco nerviosa, me puse el traje y salí a la cancha. Afortunadamente, todo salió bien y cuando llegamos a casa mi nieta me dio un beso y me dijo lo mucho que me quería. ¡Fue el día más feliz de mi vida!

 

 

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