Veintiocho del doce

 

Yaiza Gistau, 2º ESO IES Sierra de Guara

Yo solía tener buena suerte. Con gran facilidad resolvía los casos que llegaban a mis manos pero nunca eran de gran importancia. Continuamente le decía a mi jefe que me gustaría poder tener un gran caso, aunque este nunca llegaba. Esa magnífica mañana del 28 de diciembre, me paré a escasos metros de mi mesa. En ella había una carpeta marrón con mi nombre escrito en negro. Mis trabajos nunca llegaban en carpeta.

–¿Qué tendrá dentro? – dijo Sara, mi compañera, que tenía un par de años más que yo de experiencia.
–La he encontrado esta mañana y no he querido abrirla sin ti.
–¿Qué dices? ¿La abrimos?- Afirmé con la cabeza.
En cuanto mis manos rozaron la cartulina, tuve una conmovedora sensación de adrenalina y de nervios. Poco a poco se empezó a ver un papel blanco escrito a ordenador y...
–¡Eh!– gritó Sara– ¿Por qué la cierras?– Su mano voló por el aire y aterrizó en mi nuca. Esa mano que numerosas veces había hecho lo mismo, con mis bromas hechas en malos momentos. Me quitó la carpeta de las manos y la abrió, sus ojos se movían rápido de lado a lado. Se sentó, le gustaba lo que había dentro. Me pasó la carpeta y la leí cinco veces. Sí, ponía lo que creía. Nos habían dado un gran caso.

Nos montamos en el coche y nos dirigimos hacia el lugar del crimen. Llegamos a un bosque inmenso y frondoso, verdaderamente escalofriante.
–¡Un bosque! ¡Venga va! ¡Sólo falta que llueva! –dijo Sara dando un portazo y dos segundos después. ¡Plof! Llovía
– Odio los bosques, siempre pasan cosas malas.
– Hay quien cruza el bosque y sólo ve leña para el fuego– murmuré. León Tolstói y atenta a otra: «No hay que temer a los que tienen otra opinión, sino a aquellos que tienen otra opinión pero son demasiado cobardes para manifestarla». Napoleón Bonaparte.
-Coge el paraguas que te mojas. –¿De quién es?- dijo muy inocente.
– Mío.

El camino que llegaba a la casa era estrecho y no se podía recorrer en coche, así que cruzamos a pie, lloviendo y con las continuas quejas de Sara. Era un lugar muy bonito y el camino se me hizo corto.
–¡Abuelita! ¿Qué te han hecho? ¿Por qué a ti?- Gritaba desconsoladamente una voz de apenas diecisiete años.

Me encontré a mi jefe:
–¿Por qué la habéis dejado entrar?– Dije sin saludarle.
–Buenas, chicas. ¿Os gusta el caso?
–Sí, claro que sí. –dijo Sara. –Pero... ¿qué hace aquí?
–Ya estaba aquí cuando llegamos.
–Sara, ve a tranquilizarla. ¿Cómo es que hay luz?
–¿Oyes ese ruido?– Sí, claro que lo oía, pero ni me había parado a pensar que era. Por supuesto... un generador.
–Hola, buenas. Soy Marcos, el forense.–
Cuando le vi me dio buena impresión, parecía serio y trabajador, apenas llegaba a los treinta y sin embargo, tenía canas.
–Carla– dije.
–Sígueme– Me costó un poco adivinar a dónde me llevaba, pues, estaba muy desconcentrada.
–La encontramos aquí estaba metida en la lavadora.
–¿En la lavadora? ¿Cómo ha cabido?– Ahora estaba desconcertada.
–Sí, exactamente. Fue apuñalada con un cuchillo y posteriormente metida allí. ¿Cómo? Rompiéndole una numerosa cantidad de huesos.
–Vale, pero tenía que ser muy pequeña.
–Efectivamente, sólo tenía siete años.
–¿Qué? ¿Pero no era una anciana?–

Estaba muy desconcentrada, aquella chica acababa de llamarla abuelita. Cuando iba a preguntar si lo había hecho apareció Sara diciendo que la había tranquilizado, era un punto de partida podía empezar a preguntar. Volví al comedor. Comenzó el interrogatorio.
–Hola, soy Carla García. Voy a ser la inspectora de este caso.– Encendí el teléfono y puse la grabadora.
– ¿Cómo te llamas?– Soy Caperucita Roja
– ¿Qué?
– ¡Sara!– Grité. Y ella rápidamente acudió a mi llamada.
– ¿Qué pasa?– Le cogí del brazo y me la llevé– Le acabo de preguntar su nombre y me ha dicho que se llama Caperucita Roja.
– ¿Y?
– ¿Abuelita qué te han hecho?– Recité– ¿Te suena de algo?– Claro que sí, claro que le sonaba. Volvimos al interrogatorio.
– ¿Caperucita roja? ¿Ese es tu verdadero nombre?
– No, no tengo nombre, bueno si, si tengo pero no lo sé, vivo aquí con mi madre.
– ¿Y ella? ¿Dónde está?
– No sé– Ella es la que estaba aquí cuando la han matado y ha desaparecido.
– ¿Crees que ha podido ser ella?– Me estaba poniendo nerviosa.
– Sí, bueno, mi abuela murió hace dos meses. Vivía aquí con nosotras. Tenía mucho dinero. Y se lo dejó todo a mi hermana. Desde entonces mi madre enloqueció, tenía muchas deudas y empezó a jugar con nosotras a Caperucita Roja. Yo tenía que cruzar el bosque todas las mañana. Mi madre era el lobo feroz y se comía a besos a la abuelita, es decir mi hermana.

Mandé una patrulla para buscarla por el bosque. Todo cuadraba demasiado bien. La madre apareció un rato después. No me lo creía. ¿Sería suerte? Yo creo que no, me lo habían dado masticado, ni había venido la televisión. Un rato después mi jefe me llamó. Para mi sorpresa... ¡iba vestido de lobo feroz! y todos me gritaron: ¡Inocente! Qué vergüenza.

 

 

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