Una calada, una sola calada más

 

Elena Casanova, 4º ESO IES Juan de Lanuza

Los siguientes días fueron blancos, no sentía, no lloraba. Era raro no verle pasear por los pasillos ni oír su aguda risa en clase. Mirara donde mirara me recordaba todo a él, habíamos compartido demasiadas cosas. Todas menos una, su adicción.

Javier había sido mi gran apoyo en la vida desde siempre, un niño jovial que estropeó su vida tras la muerte de su madre. Era fuerte hasta ese día, en que dejó de verlo todo claro para sumergirse en un mundo de colores con un final trágico. "Yo controlo" --decía--, sabiendo que no podía; "solo una calada" --repetía siempre. No se dio cuenta de que el cigarro de su vida se consumía y apagaba. Muchos somos los que lloramos su pérdida dando una calada más.

 

 

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