Pregunta retórica

 

Victor Castán Ruiz, 4º ESO IES Juan de Lanuza

"Los suspiros son aire y van al aire.
Las lágrimas son agua y van al mar.
Dime, mujer, cuando el amor se olvida,
¿Sabes tú adónde va?

Rimas de Bécquer, Rima XXXVIII

El mar. Un lugar en el que la calma es la esencia. La relajante música del romper de las olas contra los acantilados se confunde con el chapoteo de los peces, como si intentaran escapar desesperados de esa húmeda y salina agua del océano. El batir de alas de las gaviotas transmitía libertad en cada movimiento. Esta armonía, de vez en cuando, era alterada por la bocina de un barco, que tocaba con fuerza, intentando reclamar el mar como su propiedad.

Este era el lugar favorito de Ana. Siempre se sentaba en la misma roca, siempre en la misma posición, siempre mirando hacia el mismo punto del horizonte que se fusionaba con el mar. Y empezaba a explicar sus problemas al mar, porque sabía que era el único que siempre la escucharía y siempre le daría la razón. Esta vez había ido antes de lo normal, porque el tema de hoy era muy largo.

Ana había cortado con su novio recientemente. Llevaban bastante tiempo juntos y creía que por fin había encontrado un firme candidato al que ofrecer su amor. Intentaba descifrar el porqué de esta ruptura. Quizás era demasiado exigente con él, quizás no supo darle lo que quería o quizás se había engañado a sí misma. El caso es que ya no volvería a verle, y no podía olvidarle.

Se sentó mirando las olas. Pensó que hoy apenas había olas, y el ruido relajante que estas hacían al chocar con las rocas era nulo. Miraba al horizonte, intentando que la luz del sol cegara el recuerdo de su exnovio que ahora ya no significaba nada. Sus pensamientos se transformaban en suspiros, suspiros que el aire recogía y alejaba como si de una hoja seca se tratase, pero que, en realidad, eran más complejos y pronto volvían a su mente.

Por primera vez en su vida, Ana cambió de asiento. Eligió una roca puntiaguda y afilada y allí se sentó, y sintió un dolor necesario para olvidar el amor, tan difícil de ignorar. Pero se quedó sentada.

Tardó en percatarse de que el agua estaba más tranquila de lo habitual. Ningún pez saltaba, como si hubieran aceptado la imposibilidad de escapar del líquido elemento.

Empezaron a nacer gotas de sus ojos, gotas cargadas de amor. Lloró todo lo que pudo, para intentar olvidar todos los recuerdos y no dejar nada de amor en su corazón. Las gotas se mezclaban con el agua del mar, lo que anulaba su efecto dejándolas como algo insignificante.

Se hacía de noche. El sol se estaba poniendo y la puesta era lo que más le gustaba a Ana. Se quedó en silencio, hasta que el sol desapareció. Pero tenía la esperanza de que mañana volvería a salir. "¿Adónde irá el amor cuando se olvida?"--se preguntó en voz alta, pero está vez el aire se llevó sus palabras, dejando la pregunta en una interrogación retórica sin respuesta.

 

 

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