Catalepsia

 

David Sarrat González, 1º ESO IES Ramón J. Sender

Me desperté tiritando porque el sueño había sido muy real... Podía recordar con total perfección el estruendoso rugido de aquella roja fiera metálica que se disponía a abalanzarse sobre mí. Aquellos dos enormes y fulgurantes ojos que relucían en la oscuridad de la noche se mostraban amenazadores ante cualquiera que se interpusiese a su paso. El crujir de mis huesos anunció el estallido carmesí que se fundió sobre su carrocería y que bañó por completo mi faz cuando este me alcanzó. Me hallaba tendido en el suelo, inmóvil e indefenso. Cerré los ojos.

Pero ahora volvía a encontrarme libre de aquel aterrador desasosiego. La sensación de dolor y mareo persistían levemente en mí, pero mi cara ya no estaba cubierta de sangre. Me hallaba tendido en una posición rígida, sobre una superficie acolchada. Para cuando me percaté de ello, el frío ya se había adueñado de mi cuerpo por completo. Intenté abrir los ojos, pero no pude. Intenté extender los brazos e incorporarme, pero tampoco pude. Por más que tratase de exigir a mi ahora gélido y firme cuerpo que realizase el más mínimo movimiento, este no era capaz de ejecutar mis órdenes.

Comencé a percibir un cúmulo de voces afligidas que me resultaban familiares. Todas ellas parecían estar hablando de una misma persona. Algunas comentaban lo mucho que le echarían de menos, otras parecían sorprendidas de que hubiese partido de manera tan repentina, y otras, simplemente, intentaban consolarse entre sí.

De pronto, empecé a sentir un calor muy intenso que se acercaba lentamente hacia mí. Tanto es así, que parecía tener miedo de acercarse demasiado. Era un calor humano. Era mamá.

Esperaba haber oído sus reconfortantes palabras en aquel instante. Las palabras de mamá siempre me inspiraban una seguridad ciega en mí mismo y me llenaban de vigor. Pero, en su lugar, lo único que recibí fue una pequeña chispa que se precipitó sobre mi rostro. "No llores, mamá", pensé. Y cayó otra gota. Hubiese deseado poder suplicarle que no se preocupase por mí, y prometerle que todo saldría bien, pero no pude. Y comenzó a llover.

Un grupo de personas pareció correr hacia ella con el fin de apartarla de mí. Entonces lo entendí. Era la última vez que iba a sentir a mamá.

De pronto, el lento chirriar de unas bisagras, finalizado por un estrepitoso golpe, similar al de una puerta de madera que se cierra bruscamente, me advirtió de que una cubierta se había cerrado sobre mí, dejándome enclaustrado.

Una especie de fuerzas parecían levantar costosamente aquel arca de madera en cuyo interior me hallaba. Comenzaron a desplazarme hacia algún lugar, y podía sentir el ligero vaivén que producían al caminar. Tras unos escasos minutos, el viaje, cuyo destino parecía ser una superficie algo más honda que sobre la que se encontraban los presentes que me habían acompañado, tocó a su fin.

Podía oír sus voces a lo alto, sobre mí. Una de ellas, que parecía pertenecer a un hombre de avanzada edad, resonaba muy por encima del resto. Estaba recitando una oración. A medida que iba sintiendo el impacto de la tierra que caía sobre la cubierta de madera, las voces de los asistentes, incluyendo la del anciano, se perdían en la creciente lejanía.

Comenzaba a entenderlo todo. Sentía ganas de gritar, de pedir auxilio. El pánico recorría mi aterido cuerpo. Aquello iba a ser el principio de la eternidad.

 

 

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