Ilusiones

 

Valeria Lores, 4º ESO IES Juan de Lanuza (Borja)

¿Dónde esta Mireia?, ¿Qué está haciendo?, ¡Mireia!

Todas las mañanas, durante dos largos años, estas palabras sonaron en mi cabeza reiteradamente.

Bueno, todo empezó en 4° de la ESO. El verano había sido muy divertido, había viajado con mis padres, salido con mis amigos, pero al comenzar el instituto vi una cara nueva. Una cara que iba a cambiar mi vida.

Lo dejé pasar, no lo comenté con mis amigas, pensé, espero que nadie lo haya visto.

No volví a verlo hasta varias semanas después, cuando mientras estudiaba en la biblioteca, oí que mi amiga Claudia decía: 'Yago'. Nunca había conocido a ningún chico con tal nombre, tenía que ser él; sí, el chico nuevo.

Me acerqué un poco más para intentar enterarme de lo que opinaban de él.

Todas pensaban que era un chico muy guapo, eso me hizo pensar que debía hablar con él antes de que fuera tarde.

Un día en el recreo fui a saludarle y mientras iba acercándome más él iba sonriendo, entonces pensé, sí es él.

Comenzamos a quedar, nos hicimos muy amigos, esto llevó a que comenzáramos una relación. Yo me sentía la chica mas afortunada del mundo.

Yago había venido de un pueblecito del norte llamado Borja, donde él siempre contaba que tenía muchas novias que tenían muy buen cuerpo y eran muy guapas, yo siempre pensé que lo hacía para picarme. Siempre quería saber dónde estaba y con quién estaba, tampoco le divertía mucho que fuera con mis amigas de fiesta, pensaba que le iba a ser infiel.

Al principio, lo vi normal, él solo se preocupaba por mí.

Empecé a engordar y a no preocuparme tanto de mi físico, pero él me amenazó con dejarme y yo no podía cortar tan rápido con esa adicción.

Tras cada comida iba al baño, y en un par de semanas ya estaba como antes, pero algo en mí me decía que yo no le gustaba y que necesitaba adelgazar más.

Perdí toda la relación con mis amigas y también la confianza con mi madre.

Una mañana, al llegar al instituto, me advirtió que habían trasladado a su padre y que iba a tener que volver a Borja.

No lo pensé ni un momento, si él se iba, yo también. No había nada que me retuviera aquí, mi vida era él y se marchaba.

Mis padres no lo aprobaron, pero yo ya tenía diecisiete años y estaba decidida.

La vida en Borja no era muy divertida, no tenía amigas y Yago pasaba mucho tiempo en el campo.

Un día busqué la paz que me faltaba en la iglesia de esta localidad, pensar en un lugar tan silencioso se fue convirtiendo en una costumbre. Una chica muy simpática con la que coincidía allí habitualmente se dio cuenta de mi enfermedad y me ayudó a olvidar todo aquello que me había hecho daño. Dejé Yago, me dí cuenta de que no me merecía y volví a casa con mi familia y con la gente que verdaderamente me quería.

 

 

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