Nana

 

Itzíar Conde - Colegio romareda

Desde que Nana murió, nada es igual. La pequeña bolsa de luz y esperanza que me guiaba en la vida, había explotado dejando recodos de un fuego que antaño había sido una gran fogata. De repente, había abierto los ojos a la realidad, una realidad que no me gustaba nada y que mataba poco a poco los sueños que yo albergaba con mucho cariño. Cada día, apoyaba mis deseos y preocupaciones en Nana, y a ella no le importaba, porque claro, era Nana. Cuando andaba sonriendo y animando a la gente, muchos se reían de ella, y yo la respetaba y la protegía con mi abrazo. Solo un puñado de personas respetaba a Nana, y esas personas recibieron lo mejor de mí, porque la querían mucho.


A veces, cuando llegábamos a casa, nos sentábamos juntas y mirábamos con nostalgia fotos y recuerdos de una época de felicidad e ignorancia. ¡Lo que daría por revivir aquellos momentos! Aún recuerdo el día en que Nana comenzó a sentirse mal. Una de las muchas personas que han influido en nuestras vidas con sabiduría me dijo: "En esta vida, para conseguir lo que quieres, has de luchar, y el que la sigue, la consigue". Puede parecer algo obvio para los mayores. Pero Nana y yo éramos pequeñas, y al escuchar estas palabras, abrimos los ojos, miramos a nuestro alrededor, y comprendimos que esto no es el mundo de los dibujos animados. Y fue cuando Nana comenzó a decaer.


Al principio pensé que era simplemente un resfriado, pero se ausentó algunos días al colegio, y tuve que enfrentarme sola a los problemas. Cuando llegaba a casa estaba deseosa de verla, pero mis lágrimas asomaban a mis ojos cada vez que la observaba, pálida y débil. Sentía que poco a poco la perdía, pero Nana no me dejaba que la cuidase. Nana quería irse, decía que era lo mejor para mí: separarnos por un tiempo, hasta que me reuniera con ella en el cielo que tantas veces nos tranquilizó. Un día más, fui al colegio a enfrentarme a nuevos retos y al volver ella ya no estaba. Me había dejado. Nada me impedía abandonar todo y volver con ella, pero una mañana me decidí a ser fuerte, a enfrentarme con lo imposible y sonreír al mundo que se cernía sobre mí. Estaba absolutamente decidida a comerme el mundo, a luchar por lo que quería. Nunca olvidaré a Nana, porque Nana era mi infancia.

 

 

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