Un Ferrari rojo

 

Alejandro Lete, Javier Botaya y Víctor Castán, 4º ESO IES Juan de Lanuza

En un pequeño piso de Zaragoza, y allá por la actualidad, vivía Fernando, un estudiante de Empresariales, acompañado de la soledad. Fernando no era muy agraciado físicamente y solo podía aferrarse a su inteligencia. Cursaba el último trimestre de su carrera y en su clase pocos lo conocían, pero eso le agradaba, le gustaba pasar desapercibido e invisible a los ojos de los demás, quienes tampoco mostraban mucho interés en él.

Pero había una persona que logró captar la atención de Fernando durante estos casi cuatro años de carrera. Era inteligente, rebosaba hermosura y se llamaba Laura, como más tarde descubrió. Estudiaba en su misma clase, aunque pocas veces la había podido contemplar de cerca y admirar su belleza, que él se imaginaba.

Era la chica perfecta, como muchos de sus compañeros la describían. Pero nunca se había atrevido a dar el paso para rogarle una valiosa oportunidad para conocerse fuera de las clases. Entre tantos galanes, no tenía demasiadas papeletas para ganar, pensaba él y todos lo que lo conocían.

Él era consciente de que con su físico no podía ganarse a Laura y tenía que ofrecerle algo que sus contrincantes no pudieran darle, algo que la conquistase. Hacía ya un tiempo que en su típico recorrido por los pasillos de la interminable biblioteca de la facultad, había encontrado, sin desearlo, una de esas revistas para los jóvenes con estratagemas para seducir a sus amantes. Pensó en cómo pudo acabar en un estante de la biblioteca, pero empezó a leerla con un interés disimulado. Leyó que los muchachos con lujosos y extravagantes coches conseguían la atención de las chicas, tan solo atraídas por el ansia del dinero y la ostentación. Sin duda, pensó que ninguno de los chicos que iban detrás de Laura podía llevar a cabo esta descabellada idea.

Fernando cometió el error de contárselo a Santiago, su único amigo desde la infancia y él único que recordaba el nombre de Fernando día a día. Este no aceptaba positivamente esta acción. Intentó convencerlo de que el amor no se consigue con los lujos, sino demostrando a tu pareja que disfrutas con ella cada segundo que pasas a su lado, cosa que Fernando no entendía ni quería asimilar. Un problema que Santiago también advirtió y que Fernando, con la euforia del momento no vio, fue el coste de los coches de lujo.

No sé exactamente cómo pudo reunir tanto dinero en tan poco tiempo, pero el caso es que lo consiguió y al día siguiente ya tenía su impecable Ferrari en su garaje, color rojo pasión, como más tarde se percataría, aunque ahora no comprendía su simbolismo

Solo faltaba concertar una cita con Laura, lo que a Fernando no le resultó muy complicado, pues al haber empezado esta locura de plan, estaba obligado a no fallar. También contó con la ayuda de Laura, que en un primer momento se mostró reacia y estupefacta, pero al ver el Ferrari se enamoró a primera vista. No sabemos si del coche o del chófer.

Iban y venia por la autopista. Era una soleada mañana de verano y el calor era contrarrestado por el aire que penetraba en el coche, ya que era descapotable (que gustaba más a las chicas, según había leído). El viento hacía volar los cabellos de Laura y a su vez los de Fernando, detalle que no le agradó.

Pensaba que ese día había cambiado su vida y por fin esta tenía sentido. Se sentía fuerte y seguro de hacer cualquier cosa, la gente se pelearía por ser su amigo. Y, además, pensaba que sería el comienzo de una bonita amistad con Laura. Se sentía en la cima del mundo.

Cuando se encontraba en el funeral, se acordó de aquella revista que le inspiró la compra del coche y recordó el anuncio de la Dirección General de Tráfico que había debajo y su eslogan: Cuando conduces, no pienses en otra cosa. El ansia de conseguir un objetivo le había cegado de las demás cosas, incluso de cuál era ese objetivo.

 

 

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