Si hubiera nacido sano

 

Yaiza Aznar, 4º ESO IES Juan de Lanuza

Estoy enamorada. Llevo doce años casada, y sigo enamorada. Aún me acuerdo cuando tenía quince años. Pasaba por la calle Joaquín Costa de Magallón y la gente me decía que esas cosas se pasan. Que con los años pierdes la magia. Aprovechamos cada minuto de nuestra vida. Desde que nos fuimos a vivir juntos, todo ha sido mágico, especial. Y siempre me besa como si el mundo se fuera a acabar al día siguiente. Nos habíamos planteado redecorar la casa, comprar otro gatito. Pero nunca habíamos hablado de cuál sería el día idóneo para tener a uno de los tres niños que habíamos pensado hace mucho. Me llevó a un restaurante carísimo y en el postre me dio una cajita. Hizo un gesto cariñoso para que la abriera. Lo hice con muchísimo cuidado. Había un chupete, amarillo, porque no queríamos saber el sexo de nuestro futuro bebé. Lo único que queríamos es que naciera sano y salvo. Al mes me quedé embarazada. Afortunadamente no nos costó prácticamente nada. Éramos las personas más felices del mundo. Mi marido me acompañaba a todas las ecografías. Todo estaba en orden. Habíamos pintado la habitación de amarillo claro, y habíamos puesto la cuna y todos los muebles en su interior. Era mi quinto mes de embarazo y todos esperaban ansiosos la llegada del bebé. Me acuerdo perfectamente de esa ecografía. Mi marido estaba presente, como siempre. El ginecólogo me aplicó la crema y comenzó a visualizar a mi criatura en la pequeña pantalla de ese aparato. De pronto, su rostro se endureció. Me asusté mucho. El hombre nos comunicó que nuestro bebé tenía problemas, malformaciones en concreto. Esa noche no dormimos. Al día siguiente pintamos la habitación de gris. Ya no sonreíamos. Me senté a ver la tele. Estaba en pantalla un ministro opinando acerca del aborto. Él sostenía la idea de que no podíamos abortar aunque quisiéramos, que teníamos una vida dentro de nosotras. Rompí a llorar de nuevo. Y le maldije, creo que nunca había dicho tantas blasfemias como las que dije en ese momento. Si él tuviera un hijo con malformaciones seguiría adelante, decía. Arrojé el mando contra la tele. Aquel hombre podía permitirse viajar al extranjero y abortar allí, o mantener a su hijo en unas condiciones privilegiadas, pero nosotros no. Tal vez para él y para todos sus amigos políticos sería fácil. Pero para mí y para mi marido no. No podíamos elegir. No podíamos irnos fuera. Tan solo criar a mí bebé que sería víctima de una sociedad intolerante y egoísta y de quienes prohíben, porque pueden, cosas sin sentido.

Aquí estoy. En el hospital. Llorando de dolor. No de dolor físico, sino psíquico. Saludo al fruto de mi vientre y le expongo el mundo tal y como es. Pero mi bebé, esa criatura con ojos grandes parece no entender nada- Le miro. Tiene la mirada perdida. Aquí está el primer síntoma. Esta vez, el que llora no es el bebé, sino yo...

 

 

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