La Sirena

 

Desi Becas, 4º ESO IES Juan de Lanuza

Era el más rebelde y conocido por todos; cuando menos te lo esperaras, allí estaba él y tenías que tener cuidado para que no hiciera de las suyas. Era la fusión de los Zipi y Zape de entonces, pero todo hay que decirlo, era muy guapo. El pueblo sabía que, por muy rebelde que fuera, seguía igual de inocente que un niño a sus dieciséis años y que, por muchas veces que le quitara la clientela a los bares del Campo del toro con su trepidante bici, le querían igual.

Solía salir con sus amigos casi todos los días, tenía una vida social bastante deseada por cualquiera. Pero a partir del divorcio de sus padres todo dio un giro brusco. Apenas salía de casa y se vio identificado con las novelas de piratas y tesoros, desde entonces él era uno de ellos y su único objetivo en la vida era ser el más temido por todos, como el mismísimo Barba Negra. Por la mañana, a navegar; por la tarde, en busca de islas malditas y embrujadas y por la noche, a planear revueltas contra su tripulación, dada la falta de respeto que mostraban hacia él, el todopoderoso capitán.

Pasados días y días, el navío encontró por fin las islas Finnick, donde habitan atractivas y seductoras sirenas. Este conoció a una sirena perfecta y curativa para su corazón, destrozado por las heridas de la increíble y valiente lucha contra sus enemigos marítimos. Él no lo sabía, pero la tripulación sospechaba que aquellas sirenas no eran perfectas, y que su único objetivo era seducir a los temidos piratas y llevárselos al fondo del mar, donde perecían ahogados por la falta de oxígeno. Pero el capitán ya no se enteraba de nada, estaba enamorado hasta las trancas de aquella querida sirena y el resto del mundo le importaba ya lo mismo que sus antiguos amigos, nada.

Cada día, iba a visitar a su sirena, pasaban todos los días juntos y sentía que lo de explorar con su tripulación y encontrar tesoros ya no le gustaba, le era indiferente; la ilusión con la que vivía haciéndolo se había disipado como el humo de cualquier tren abandonado en la estación. Ya no se molestaba ni en alimentarse lo suficiente, no comía porque no tenía tiempo para estar con la sirena y comer, para él, ya era secundario.

Llegó el día que sus compañeros imaginaban qué iba a suceder y que el capitán tanto ignoraba. Y como quien no quiere la cosa, aquella sirena, en el pueblo llamada jeringuilla, se llevó al fondo del mar al pequeño Jimmy.

 

 

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