Carta de San Valentín

 

Diego Revilla, Colegio San Alberto Magno

Querida mamá, querido papá:

¿Por dónde empezar? Un nudo en la garganta hace que a duras penas pueda contener las lágrimas, y es que aún tras horas frente al papel y muchos intentos fallidos, no tengo ni la más remota idea de cómo comenzar...

De pequeño, siempre quise ser un gran médico, un astronauta, un profesor o incluso cocinero, pero sobre todo quería crecer, y ser feliz. Ahora la vida me ha enseñado que fui un idiota al creer eso, y aunque no sea todo negro, ahora es ése el único color con el que puedo ver hasta el más brillante de los días del verano. Todo comenzó no hace mucho tiempo, momento que, a pesar de mis esfuerzos, no consigo olvidar. Tan sólo cuatro o cinco años atrás, quizá menos, quizá más, aunque eso no importe en realidad.

Las gotas resbalaban una vez más por mis mejillas, mis enrojecidos ojos parecían reacios a continuar, pero de nuevo, los monstruos de mi cabeza me volvían a atormentar, recordándome todo aquello que aunque quiero, nunca puedo olvidar. Un insulto más, nada grave al parecer, nada fuera de lo común, pero uno tras uno, me hundía cada día un poquito más. Los días pasaban, mi sonrisa volvía, pero también mis ganas de llorar. Contarle todo lo que sentía a mi almohada se convirtió en un acto habitual, cada noche, empapada, parecía la única dispuesta a escucharme, a apoyarme, la única cosa que pudo ayudarme.

Se sucedieron los días, las semanas y los meses, así como los insultos y los pensamientos y las voces en mi cabeza. Nadie en quien poder confiar, nadie a quien poder abrazar, ninguna sonrisa verdadera, tan sólo era un muñeco de trapo cualquiera.

Con el paso del tiempo los monstruos se hicieron más fuertes en mi mente, recordándome lo horrible que era continuamente, haciendo de mi vida una pesadilla de la que cada día más difícil era salir, haciendo de mí uno de ellos, transformándome en la horrible bestia que ahora soy.

Y así, paso a paso, día a día, daño a daño, hoy no puedo más. Siento que cada día se convierte en un tortuoso desafío que ya no puedo afrontar, una cuesta tan pronunciada que me siento caer a cada paso que doy.

Ojalá alguien hubiera sido capaz de mirarme a los ojos e intuir la profunda tristeza que hay en mí. Ojalá hubiera habido alguien capaz de quererme por mí, de ayudarme a seguir, de convencerme para ser feliz y no odiar todo cuanto hay en mí. Supongo que el destino habrá elegido que esto no sea así, y aunque me duele, yo me bajo aquí. Espero que me sepáis perdonar alguna vez por todo. Siento haber arruinado vuestra vida, siento haber hecho de la vida de los demás un infierno, y siento no haber podido demostrar nunca lo mucho que os agradezco lo mucho que habéis hecho por mí.

Siento odiarme, siento no tener amigos, siento no ser como esperabais y haberos decepcionado una vez tras otra. Siento haber tenido que llegar a este punto. Siento ser como soy, y siento que es hora de demostrarme a mí mismo y al resto que todo irá mejor sin mí. No lloréis nunca mi partida, porque siempre, por la eternidad, estaré con vosotros en el corazón.

Hasta siempre...

 

 

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