Mi abuelo el futbolero

 

Alicia Pasamar, 4º ESO IES Juan de Lanuza

Mi abuelo se emociona cuando ve la foto y recuerda su adolescencia y juventud.

-- ¡Qué tiempos aquellos cuando jugaba al fútbol!-- ¿Y ahora? Ahora anda despacio con el bastón porque las piernas no le llevan, ¡claro, son casi 80 años!

Me cuenta que comenzó a jugar al fútbol cuando se fue a estudiar a Tarazona, porque mi abuelo es de un pueblecito de la comarca de Borja, la villa de Ambel. Tenía diez años, no lo recuerda bien, pero era bueno como delantero centro, y el equipo se llamaba Atlante. Cuando terminó el bachiller y volvió al pueblo, formó su equipo con amigos y otros jóvenes de diferentes edades, porque es un pueblo pequeño; seguía jugando de delantero centro, aunque a veces si faltaba alguno jugaba de lo que le tocaba.

La camiseta que llevaban para jugar tenía bordado el escudo de Ambel, que lo habían hecho a mano las novias o madres de los jugadores. Mi abuelo tenía botas de fútbol porque su madre se las había comprado cuando terminó de estudiar, pero los demás jugaban con alpargatas o botas.

Comenzaron una especie de liguilla por todos los pueblos de la comarca: Ainzón, Borja, Maleján, Pozuelo, Fuendejalón, e incluso fuera de la comarca, en pueblos próximos como Vera de Moncayo y San Martín. Para ir a los pueblos a jugar cogían un autobús, pero, como les salía un poco caro y apenas tenían dinero, iban en una furgoneta de uno del pueblo, se montaban todos y "pa'lante". En Ambel jugaban en un campo llamado PozaBillos, a 2 kilómetros del pueblo; toda la familia y demás gente de la villa iba a verlos jugar, andando o en los carros; tenían un marcador hecho con madera en el cual la goleada máxima era de 14 goles; en alguna ocasión les metieron más de 14, pero, como no tenían más números, se quedaban en 14.

Apenas se lesionaban, aunque, sí, una vez recuerda que de un cabezazo le partieron la ceja; claro, el balón no era como los de la actualidad, pesaban más y tenían una parte cosida por donde se desataba y así poder hinchar la vejiga que solía ser de piel de animal.

Los partidos eran amistosos, no se jugaban copa, ni prestigio, ni había violencia, ni piques; comenta que el mejor equipo era el de Borja.

Se divertían mucho porque después de los partidos hacían meriendas en las bodegas o los invitaban en las casas, sobre todo les daban morcilla, chorizo, todo de la matanza del cerdo e incluso en una ocasión en el pueblo de San Martín les dieron un cordero asado. Luego celebraban un baile y bailaban con las mozas del pueblo.

Mi abuelo jugó hasta los veinte años; poco a poco, los más jóvenes del pueblo iban reemplazando a los veteranos. Al mirar la foto, las lágrimas le invaden porque de los once amigos de la foto, la mitad han fallecido.Cuando me preguntan que de quién tengo esta vena futbolera, muy orgullosa, digo: --De mi abuelo José María.

 

 

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