El desertor del arado

 

Víctor Castán Ruiz, 4º ESO IES Juan de Lanuza

Imagen típica entre los labradores de los años 50. Contemplaban esta estampa durante todos los días del año, porque el día que no ibas a mimar los cultivos, estos sentían esta carencia y podían dejarte en el umbral de la pobreza.

Horas y horas de trabajo, en todo tipo de condiciones, aunque siempre adversas a ti. El calor de los rayos del sol penetraban en tu cuerpo con suma facilidad, cualquier movimiento era una martirio para tus riñones y el sudor árido te abrasaba la piel. Sentías la necesidad de pararte a descansar, pero las constantes amenazas de tus sembrados te negaban ese respiro.

Y cuando estaba todo preparado para recoger el fruto, solo podías rezar para que una tormenta de granizo o una gran helada no consumaran tu sacrificio de todo el año. Y todo esto solo para poder comer la comida que, además, solo te serviría para que al día siguiente pudieras empezar con energía la intensa rutina. Y este trabajo solo se podía realizar con tus manos y tu sudor, aunque las mulas ayudaban mucho. Las mulas, las locomotoras del reino animal, realizaban los trabajos más difíciles y costosos, trabajos que era imposible que realizaran tus exhaustas manos y, además, te ahorraban mucho tiempo y, por lo tanto, dinero. Parecía que les gustaba trabajar, sudar, luchar, torturarse, cansarse... aunque si les hubiéramos preguntado, posiblemente dirían lo contrario.

Pero ese anhelo de progreso que caracteriza a la raza humana hizo que dejáramos de lado a las caballerías y diéramos la bienvenida al tractor. El tractor, la locomotora del reino de la maquinaria agrícola, realizaba los mismos trabajos que las bestias de arrastre, pero mucho más deprisa, por lo que se producía más, lo que era sinónimo de más dinero. Los hogares se transformaron; pronto tendríamos una televisión, una radio, un coche... Todo lo que uno no se podía permitir cuando se trabajaba con mulas.

La vida de las personas cambió; menos horas de trabajo y más horas de ocio, ya no se mimaba tanto a los cultivos, y las manos y el sudor ya no eran necesarios para que las plantas crecieran sanas. Se podía decir que el tractor hizo que evolucionáramos hacia la felicidad.

El tractor realizaba el trabajo de diez personas en cualquier tarea, por lo que ya no se requería tanta mano de obra. Estas personas desplazadas por la máquina buscaron trabajo en las grandes ciudades, donde pasaron de mandar en su tierra a ser criados de la jungla de cemento. Se produjo un masivo éxodo rural. Poco a poco se aclimataron a la ajetreada vida de las ciudades, a tener un horario de trabajo, a acostumbrarse a ver escasamente la luz del sol, hasta olvidar lo que era la naturaleza.

Estas personas desplazadas, obligadas a llevar un estilo de vida frenético y que les disgustaba, no tardaron en añorar su antigua vida de agricultor, que, a pesar de ser dura, tanto en el trabajo como en el estilo de vida, simplemente les hacía felices y se replantearon el beneficio que el tractor había supuesto en sus vidas, aunque ya era irremediable e imposible cambiar.

 

 

foto

 

» Subir
» Imprimir página
» Más noticias de Rincón Literario

 

 
Contacto | Aviso Legal | Inicio

Desarrollado por DiCom Medios, S.L.
© Prensa Diaria Aragonesa

Ibercaja Gobierno de Aragón