Historia de un hechizo

 

Elena Álvarez, La Salle Montemolín

Antes de la muerte de mi padre, mi vida giraba en torno a los libros. Era algo que me encantaba. Las estanterías de mi habitación estaban repletas de centenares de libros y novelas. Me había leído todos. Pero tras su muerte, todo cambió. Yo cambié.

Los días para mí eran oscuros, no encontraba la alegría. Mi padre era quien me impulsaba a la lectura. Sin él nada tenía sentido. Los libros se habían convertido en parte del mobiliario de mi cuarto, habían perdido el sentido.

Dos años después de la tragedia sucedida, nada había cambiado. Hasta que, en una tarde de invierno, pasó lo que pasó. Yo me encontraba sola, empezando un trabajo de literatura. Tenía que usar uno de los libros de mi estantería, así que fui en su búsqueda. ¿Cómo? ¿Dónde estaba? ¿Perdido? ¿Por qué? Nada tenía sentido.

La verdad es que aquel libro nunca me había traído buenos presentimientos. Algo malo debía estar pasando. Me giré ligeramente a la izquierda y miré en el rincón que había allí. ¿Cómo podía estar pasando? ¡El libro estaba flotando! Lo cogí rápidamente y con miedo. Tras esto, bruscamente lo abrí. Cayó lentamente una hoja al suelo. Estaba doblada. La agarré, débil del suelo y la comencé a abrir poco a poco, hasta que quedó desplegada del todo.

Era una carta vieja. Parecía contener un hechizo en un extraño idioma. Empecé a leerlo con un hilo de voz, aterrada. Cantidad de vocablos componían aquella melodía que parecía resonar en mi boca. Terminé. Nada. Absolutamente nada. Defraudado, volví a meter la carta en su sitio y cerré el libro.

Me dirigía a sentarme de nuevo cuando un terrible estruendo sonó detrás de mí. El libro se había abierto solo. De repente, el hechizo comenzó a flotar y de la tinta de sus palabras salía una luz brillante y completamente blanca. Al instante, el mundo daba vueltas.

No sé muy bien como ocurrió, pero desaparecí. Me dolía muchísimo la cabeza, como si me hubiera caído un martillo encima. Estaba totalmente desorientado. Ese no era mi cuarto. ¿Dónde diablos me encontraba?

La angustia se hizo presa en mí. Me rodeaba una horrible inmensidad de nada. Todo estaba vacío. Miraba a todos los lados y todo lo que veía era un enorme espacio en blanco.

Sin saber qué hacer, comencé a llorar. Y lloré como si fuese un crío de cinco años. La necesidad de desahogarme era indispensable. Pero pronto me di cuenta de que una sombra se acercaba. Miedo. Muchísimo miedo. Ese era el único sentimiento que hallaba en mi mismo. No podía hacer nada, sabía que si hacía un esfuerzo por huir, me serviría en vano. Así que me quedé allí encogido y plenamente asustado.

Al momento, un a gélida mano se apoyo sobre mi hombro. Me giré muy lento para ver el rostro de aquel hombre. Esa mirada de ojos azules se ancló en los míos. llevaba una sotana blanca, al igual que su larga barba. Se reclinó y con un susurro, me dijo:

--Bienvenido. Este es tu cielo.

Y al instante desapareció.

 

 

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