El monje vengativo

 

Álvaro Gómez, La Salle Montemolín

Érase una vez un anciano monje que vivía en una gran monasterio en lo alto de una montaña. El monasterio era inmenso, todo lúgubre y silencioso. Toda la gente del pueblo, en el valle entre dos montañas cerca del monasterio, temía a ese hombre por sus aires siniestros. Las madres les contaban a sus hijos lo que les haría el hombre del monasterio si no hacían caso. Cada vez que bajaba el monje al pueblo, todos se apartaban y lo miraban con desconfianza. Cierto día, el monje se hartó de que todo el mundo le mirase mal y lo evitase, así que se encerró en un monasterio cinco días. Al sexto, ya habría preparado su maléfico plan para vengarse de todos los habitantes del pueblo. Hizo un hechizo con una especie de brebaje y una rana. Al día siguiente en el pueblo, temprano, empezaron a oírse ranas croar y todas las viviendas y tiendas comenzaron a llenarse de sapos y ranas de medio metro. Tenían una gran lengua con la que atacaban a la cara de las personas asfixiándolas.

La gente comenzó a huir. Solo unos valientes hombres se quedaron defendiendo el poblado e intentaron exterminar a esas especies de animales. Pero eran demasiados y solo unos pocos consiguieron escapar. Poco después, el monje descendió de la montaña e incendió toda la aldea. Las ranas y los sapos expiraron y cuando la gente regresó a la aldea, todo estaba destruido, todas las casas, los víveres, el ganado...

Poco a poco fueron viniendo monjes al monasterio y aquel hombre jamás volvería a vivir esa vida solitaria y fría. A los habitantes del pueblo, solo les quedaron sus vidas y su familia y tuvieron que irse a vivir a otro lugar.



 

 

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