La triste realidad

 

Clara Jarnés (ganadora del concurso de relatos del IES Andalán)

El ruido del motor del autobús no cesa. Parece que pretenda, como una cruel nana, ahogar, nublar mi consciencia hasta adormecerme por completo. Miro a mi derecha. Un incesante desfile de árboles, edificios y coches pasan ante mis ojos. Comienza a llover. Las pequeñas gotas resbalan por el cristal a una velocidad de vértigo. Parece que estén huyendo despavoridas, aterrorizadas, queriendo evitar su trágico final. El vaho del cristal trata de impedir que observe el exterior. Un dulce sopor comienza a atraparme sigilosamente. De repente, tu imagen aparece en mi mente. Ese rostro amable, esa hermosa sonrisa. Tu recuerdo comienza a abrazarme, a envolverme cálidamente. Tus palabras, siempre dulces, llenas de cariño, resuenan dentro de mí. Tu entrega total, tus mimos, tus caricias, tus desvelos. Recuerdo cuando, siendo una niña, me sentabas en tus rodillas y me hablabas, me contabas pacientemente una y mil veces esas historias que tanto me fascinaban. Recuerdo tus "batallitas de Alemania". Así me gustaba que las llamaras. Me contabas lo que supuso para ti marchar a temprana edad a un mundo desconocido. Jamás oí en ellas una palabra de desagrado, de amargura, de dolor. Nunca hubieras permitido que, escuchándolas, hubiese perdido mi sonrisa. Te fuiste con decisión, con valentía, con coraje, pero seguro que en más de una ocasión tuviste que tragar tus lágrimas. Una vieja maleta de madera fue tu única compañera de viaje. Recuerdo que estas historias siempre las terminabas del mismo modo. Me decías que esos tiempos no volverían y ya nadie pagaría un precio tan alto por salir adelante, por labrarse un futuro en la vida. Lloré mucho tu muerte. Pero agradezco enormemente que no seas testigo de lo que ahora estoy viviendo. Sé que esas lágrimas que en tantas ocasiones tragaste, brotarían irremediablemente. No podrías comprender que yo estuviese siguiendo tus pasos. Sí, yayo, la historia se repite. Los años de estudio, de dedicación, de sacrificio, no han sido suficientes. El esfuerzo, la total y absoluta entrega, tampoco. Abandono mi país, tu país. Desconozco por cuánto tiempo. Quizá un año, quizá dos, quizá para siempre. No te preocupes. Estas son las últimas lágrimas que derramaré. Lo haré por ti. Pero no son lágrimas de tristeza. Son lágrimas de rabia, de impotencia. Lágrimas que maldicen a todos los que, con su incapacidad y prepotencia, han permitido que tantas personas como yo estemos abocadas a este triste destino. Lágrimas que maldicen también a un mundo, a una sociedad en la que todavía existen personas incapaces de comprender el dolor que produce abandonar aquello que se ama.

 

 

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