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Lucía Sánchez Artigas, 1º Bachillerato IES Ítaca

--No deberías hacerlo. Te tiene miedo, está huyendo. No lo volverás a ver en la vida.
--Cállate, las cosas no funcionan así. ¿Y si gana? ¿Y si acaba robándonos todo lo que tenemos? Debemos matarle, así nos aseguraremos de que es inofensivo.

Llevaba dos días andando, siguiendo sus huellas. Hasta ahora había escalado montañas de desechos, vadeado ríos contaminados y escapado de lluvias ácidas que le habrían quemado la piel, de haberla llegado a rozar. No pararía hasta alcanzar al último miembro de su antigua tribu y matarlo, como había hecho con todos los demás. Solo le quedaba él, y entonces el mundo sería todo suyo. Estaba sentado a los pies de un árbol seco, afilando un palo. Su casco, un cráneo de antílope gigante, le miraba desde una piedra cercana. "Le alcanzaremos dentro de día y medio, al anochecer, y le pillaremos por sorpresa. No creo que sepa que le estamos siguiendo". Esperó un rato, pero no obtuvo respuesta, así que se levantó y fue a beber agua de un charco que no parecía demasiado sucio. Después, cogió su mochila y empezó a echar sobre él los restos de carne, comida y basura electrónica que tenía por los bolsillos.
--¿Qué haces ahora?
--Contaminarlo. Eso evitará que pueda beber agua si pasa por aquí otra vez.
--Sí, pero tú tampoco podrás. Ni el resto de bichos vivientes. Además, vas a matarlo ¿no? Es imposible que pueda...
--¿Te quieres callar de una vez? --Dijo en voz alta, mientras se golpeaba la cabeza - Sólo me dices lo que no quiero escuchar. Las demás tribus aún vivirían si todos pensáramos como tú.

Olvidó en seguida la conversación, se puso el casco y reanudó su marcha. Se empezaron a ver carteles que advertían del peligro de radiación, pero siguió andando. Desde la guerra había pocos lugares que no tuvieran peligro alguno, y, si se paraba o intentaba rodearlos, nunca alcanzaría su objetivo. De vez en cuando miraba al cielo para orientarse y localizar posibles nubes de tormenta, arrancaba alguna planta o cazaba algún animal. Transcurrió un día entero y, justo como había previsto, casi al anochecer distinguió una figura humana en el horizonte. Estaba sentada en los restos de una casa de ladrillos, de espaldas. No vio ni escuchó cómo se acercaba su perseguidor y, cuando lo agarró por el cuello ya era demasiado tarde. Intentó zafarse, pero era imposible; la huida le había debilitado y solo pudo esperar y escuchar, mudo de miedo. Sintió un pinchazo en la espalda, escuchó el sonido de recarga de una pistola láser de alta frecuencia y en cuestión de décimas de segundo cayó al suelo, con un agujero en el pecho.
--Ahora ya estás contento, ¿no?
--Ya no me quitará la comida. --Dijo, ignorando el comentario --Ni el agua, ni nada. Ahora podré sobrevivir, todo es mío. He ganado la batalla, los demás ya no pueden competir.
--Era tu amigo. Todos lo eran, y los mataste.
--¡Cállate y sal de mi cabeza! No lo entiendes. --Empezó a pegarse con el mango de la pistola hasta que se hizo sangre, pero no consiguió dejar de escucharlo.
--Tú eres el que no lo entiende. No era una competición. No era una batalla. Ahora no queda nadie.
De pronto, paró de darse golpes y empezó a escuchar, realmente, a la voz hablar en su cabeza. Entonces se dio cuenta.
--Aún quedas tú.
Lentamente, abrió su mochila, sacó un cartucho y empezó a recargar.
--No. No lo hagas.
Se quitó el casco y levantó la pistola.
--Lo siento, pero no quiero competencia.
Se apuntó a la oreja y, tras oír el sonido de recarga de la pistola, dejó, por fin, de escuchar aquella voz en su cabeza.

 

 

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