Sueños de café con leche

 

Patricia Orquín Granada, 1º ESO IES Ítaca

Al fin, en el horizonte, pude distinguir la silueta de Murillo de Gállego: mi pueblo. Después de varias horas en el coche, deseaba llegar a la casa que llevaba tantos meses sin ver. Cuando llegué ya estaba anocheciendo, de modo que, como siempre, me preparé un café con leche y me recosté en mi sillón.

A la mañana siguiente me dispuse a preparar una excursión. El plan era cruzar de Murillo a Agüero a través del monte que se interpone entre los dos pueblos. Abandoné mi casa y me puse en camino de la Fuente Vieja, un paraje natural que sería mi primera parada. Ese sendero que llevaba recorriendo todos los años, apenas había cambiado. Las moreras seguían ahí, a los laterales del sendero; los campos de almendros se mantenían en su mismo estado, dando sombra a los pastores que cuidaban de sus rebaños. Nada más traspasar una zona por la que pasaba un hilillo de agua en la que los pajarillos se bañaban, divisé la Fuente Vieja. Hacía un año que no estaba allí pero parecía que solo habían pasado minutos. Me senté en uno de los bancos que hay y me dispuse a reponer fuerzas.

Abrí la mochila, saqué la cantimplora y la rellené con el agua de manantial de la propia fuente. Una vez que descansé, retomé el sendero. Conforme avanzaba, el camino se iba estrechando y haciendo más abrupto aunque, si todo seguía igual, esto solo ocurriría durante unos metros.

Y, efectivamente, tras unos metros con dificultades para traspasar la maleza, el camino se abrió en un enorme claro. Allí se encontraba una pequeña cascada de agua y varias rocas colocadas de manera que daba la imagen de que la montaña había creado una especie de escaleras perfectas para darte un baño en la charca y reposar. Me detuve unos minutos a observar el paisaje pero enseguida retomé el camino. A partir de aquel lugar se iniciaba la calzada romana que me llevaría a Agüero. La majestuosidad de paisaje se contrarrestaba con la tremenda pendiente sobre la que estaba construida la calzada. Según había oído, esta era la única ruta que, antiguamente, los romanos tenían para comerciar con los demás poblados. La subida era cada vez más dura pero yo solo pensaba en que nada más coronar el monte, lo demás sería todo cuesta abajo. Tras un tiempo de caminar, al fin alcancé la parte más alta de la montaña. Al mirar atrás, se divisaba perfectamente todo el valle: mi casa, los Mallos de Riglos...

Me di la vuelta con la intención de ver el valle contrario; Agüero era un pueblo completamente rodeado de montañas por lo que la vista desde una de ellas era magnífica. Para mi sorpresa, Agüero no estaba como siempre, algo raro estaba pasando. Bajé hasta el pueblo el doble de rápido que antes había subido. La intriga me había hecho olvidarme de todo el cansancio que llevaba acumulado.

Cuando llegué abajo, me di cuenta de que algo no iba bien, me encontraba en un auténtico poblado romano. Parecía que en este pueblo los años no habían pasado. Lo tenía todo: el cardo, el decumano, el foro, las termas, ínsulas, domus... Incluso un circo a las afueras. Mi asombro iba creciendo por momentos. Era... Era un tanto distinto a lo que había estado estudiando durante toda mi vida. Algunas cosas sí que coincidían, como los edificios más importantes, pero sin embargo miles de detalles que no aparecen en los libros de texto lo hacían diferente. Aún con asombro, me di una vuelta por el poblado. Solo había un problema: ¿Cómo iba a pasar desapercibida? Como pude, me «disfracé» con la vestimenta típica romana y me adentré en el mercado. Aquello era maravilloso a la vez que aterrador. Los comerciantes gritaban anunciando sus mercancías en un idioma que yo no entendía, seguramente el latín.

Me di una vuelta rápida observando con mucho detalle. A continuación, me acerqué al foro y me senté en un monumento que era algo parecido a una estatua, probablemente conmemorando la victoria de una batalla. La plaza estaba abarrotada, cientos de personas iban de acá para allá. Yo estaba abrumada, me sentía perdida. Se estaba empezando a hacer tarde y no tenía ni la menor idea de cómo volver. Pasé la tarde intentando darle razón a lo que estaba pasando pero nada encajaba. Parecía como que la cima del monte actuaba como una barrera de tiempo y que uno de sus lados iba con retraso; es decir, que llevaba dos mil años de desventaja. Después de mucho meditarlo, solo se me ocurría una idea: retroceder por donde había venido. Era mi única opción y, si eso no funcionaba, probablemente me quedaría atrapada en aquel lugar para siempre. De modo que me puse la mochila en los hombros y comencé a caminar. Empezaba a anochecer por lo que cada minuto que transcurría aceleraba más los pasos. Al fin, llegué a la cima. Miré atrás y vi aquel poblado, justo entonces sentí algo que no había sentido en todo el día: pena. Pena de dejar atrás aquello tan maravilloso e increíble. Sin pensarlo más, me di la vuelta y continué hacia mi casa, donde me esperaba un precioso sillón y un café con leche.

 

 

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