Van

 

Rocío Irache, 4º ESO IES Ítaca

No quedaba mucho para que el verano diera su comienzo y, mientras los estudiantes se concienciaban para ir preparando sus últimos exámenes, tú deambulabas por alguna cuneta de Calatayud. Eras muy joven todavía, apenas dos meses habían pasado de tu nacimiento (a ojos de cualquiera, debieron de ser dos meses muy largos), cuando un día te encontraste en manos desconocidas, en manos que probablemente al principio temerías, pero que finalmente te proporcionaron un cobijo y comida para subsistir.

Mientras esto pasaba, nosotros fantaseábamos en casa con lo que sería tener una mascota: 'Imaginaos a nuestro perro caminando por el salón', 'qué bien se lo pasaría nuestro perro en los campos de al lado'. Hablando muy a menudo acerca de lo que sería sumar un quinto miembro en la familia y, teniendo medios y ganas de ello, decidimos empezar a informarnos sobre las protectoras y centros de adopción cercanos a nosotros. Vimos tantas, tantas fotos de perros de ojos tristes, que su estado te encogía el corazón, que te pedían con la mirada no otra cosa más que amor. Es tan complicado elegir una vida que tener a tu lado, alguien que será fiel a ti, elegir alguien a quien darle un hogar y una familia; elegir a uno. Finalmente, acordamos entre todos ir de visita, algo más personal, a la que, por suerte o por desgracia, no pude asistir.

Un día, volviendo de clases, estresada por mis últimos exámenes anteriormente nombrados, recibí una llamada antes de llegar a casa, avisándome, haciendo que me alertara y mis pasos por minuto se multiplicaran, de que, por fin, en nuestro jardín estabas tú. Comencé a dar zancadas hacia ahí, con la mochila llena de libros y apuntes rebotando en mi espalda, sin importarme lo cansada que me encontraba; quería, tenía que conocerte. Lo que suele ser un camino no muy largo de unos cinco minutos, se convirtió ese día en uno bastante corto de dos. Puedo asegurar que recuerdo cada detalle del momento en el que te vi por primera vez. En mis dos minutos de viaje, apenas me dio tiempo a asimilar la información que me habían dado de ti: tres meses y blanco, ¿quién diría que un cachorro de tu edad mediría de pie algo menos que yo misma? Al verme llegar, en un par de saltos, llegaste hasta la valla, corriste a la derecha, para acercarte y, al verme apresurarme hacia la puerta, volviste a girar a la izquierda. Entré y comenzaste a corretear por ahí, como si me conocieras e hiciera mucho tiempo que no me veías; alegre, jugando contigo mismo, mientras papá miraba la escena igual de feliz unos metros más allá. Esa tarde me quedé contigo, conociéndote, comenzando a cogerte cariño y a quererte, y algo que no estuvo bien, pero de lo que no me arrepiento, ignorando por un día los pocos exámenes que me restaban. Mi perro blanco de lomo oscuro, sin raza pura, con una familia y un nombre que estrenar: Van, de Vándalo.

Dos años después ya habías demostrado de sobra que nos enfadabas menos de lo que te hacías de querer, pero que nos enfadabas, al fin y al cabo, bastante. Ninguno de los miembros de mi colección de peluches de animales conserva su nariz, la esquina de la mesita del salón tampoco su lijado, ni las macetas de la terraza la arena. Pero, qué de tu maldito método de agachar la cabeza, levantar la mirada y clavarla en la nuestra tenías para hacer imposible prolongar el enfado. Y qué de cómo abrías ligeramente la boca, asomaba tu lengua por ella y entrecerrabas los ojos cuando rascaba entre ellos dos. Y de las repetidas patadas que dabas al aire cuando te hacíamos cosquillas en la barriga. Y qué de cuando salías al campo, qué del espectáculo que era verte, tan joven y tan fuerte y ágil. Parecía que ni el viento podía alcanzarte cuando echabas a correr. Atravesabas colinas en cuestión de segundos si veías algo interesante al otro lado de ellas. En esos momentos de libertad, recreabas la imagen de lo que es sentirse feliz. Y tu estampa, cuando te detenías en un lugar alto de alguna explanada descubierta, hablemos de ella, tan potente. Fijabas la mirada en un lugar, hinchando todavía más tu pecho, alzando tu cabeza por encima de tu cuello imposible de rodear con mis dos manos y, de repente, otra vez a correr, ganando carreras contigo mismo.

Qué bonito es sentirse querido por un perro de mentalidad indomable. A día de hoy; miro tu foto colocada en mi escritorio y te veo con esos ojos curiosos, mirando hacia el suelo del jardín, con tu collar rojo y tu pelaje de perro de invierno. Miro tu foto y al mismo tiempo miro hacia atrás; no hay que anclarse al pasado, pero tampoco se debería olvidar. Fuiste joven, siempre lo fuiste y con tu juventud recordaremos tu vitalidad y tus ganas de vivir, y mientras sigamos recordándote a ti, a tu carácter y a tus detalles, nunca te irás.

Te quiero, cabezón.

 

 

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