El fracaso escolar y el TDHA

 

Antonio Torrea, Profesor de ESO y Bachillerato, Fundación San Valero

"El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), que afecta a casi 12.000 niños aragoneses de entre 6 y 17 años, está detrás del 20% del fracaso escolar", según pone de manifiesto el Informe TDAH en España, elaborado por más de 200 expertos del campo científico, asistencial, educativo y socioeconómico. Estos datos ponen sobre la mesa educativa un problema que requiere un conocimiento y puesta en práctica de medidas en el aula por parte de los centros educativos y del profesorado.

Hoy en día la mayoría de los casos están diagnosticados y debería recogerse como un grupo de alumnos con necesidades especiales. Los equipos de orientación, ante un problema de semejante magnitud (al igual que la dislexia, el trastorno específico del lenguaje, ...) deberían prestar un mayor apoyo. La etiqueta de niños vagos, traviesos o maleducados puede hacer mella en la autoestima, originando un sentimiento de culpa, tristeza o frustración. Una mayor atención emocional y unas técnicas apropiadas en el aula pueden dar respuesta a estos alumnos con dificultades.

Los padres a cuyos hijos se les ha diagnosticado un TDAH se mueven en un gran incertidumbre. Independientemente del tratamiento farmacológico, buscan apoyo ante la dificultad de sus hijos en el aprendizaje. Algunos padres creen que el centro no responde a las necesidades de los alumnos y otros se sienten satisfechos ante la evolución de sus hijos. Me he encontrado con padres que justifican las actitudes de los hijos por la enfermedad que padecen, pero también con padres que agradecen el esfuerzo educativo para terminar los estudios y la formación personal. Puedo decir que he tenido alumnos que han terminado la ESO, no sin dificultad, y que han continuado en FP o Bachillerato.

Desde distintas asociaciones se pide la adaptación metodológica: que estén siempre en primeras filas, lejos de las ventas; órdenes adaptadas o asegurarse de la comprensión de las explicaciones o instrucciones; adaptación de tareas y tiempo; que los exámenes estuviesen formulados de otra manera; criterios de calidad distintos; diseñar estrategias atencionales, etc.

Desde una perspectiva personal, considero que la formación la he adquirido individualmente y por la necesidad de dar respuesta a estos alumnos. Han sido los padres, con sus informes, los que la han complementado. Observo que cada vez hay más alumnos diagnosticados; en algún grupo del centro hay más de 25%. No podemos cerrar los ojos ante esta realidad, desde la comunidad educativa se debería poner el acento en este problema: la formación específica del profesorado, el tratamiento del problema desde los departamentos, su análisis en los equipos educativos y la consideración desde los equipos de orientación (en nuestro centro, DOP). No es suficiente dar a conocer que existe este problema, hay que pasar a la acción en cada uno de los grupos de trabajo antes citados.

No hace falta esperar a una catalogación de los alumnos con necesidades especiales. La utilización de técnicas apropiadas y responder antes las necesidades de nuestros alumnos es nuestra obligación y, a la vez, la mayor satisfacción.

 

 

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