Pura coincidencia

 

Víctor Castán, Javier Botaya y Alejandro Lete, 4º ESO IES Juan de Lanuza

Compruebo que todos los pelos de mi cabeza están armónicamente organizados. Me lavo todas las partes de mi cara que han podido sufrir algún leve deterioro mientras dormía. No me olvido de los dientes, que tienen un tono blanco nieve por el cual todos me conocen. Durante este ritual nadie me acompaña, es el momento clave del día, por eso necesito la máxima concentración. Solo permito que me custodie durante estos momentos mi espejo, que va traduciendo mi estado físico y es el único que puede descifrarme realmente cómo soy.

Hoy me dispongo a realizar este cotidiano ritual, ritual típico de mi rutina. Pero hoy me siento diferente, raro con mi cuerpo y raro emocionalmente. El espejo revela mi estupor. Veo el reflejo que el espejo me devuelve, un reflejo distinto al de todos los días. Compruebo espantado que ese muchacho de la imagen del espejo soy yo. Cacheo mi cuerpo, sin dejar un lugar sin registrar, y, aliviado, compruebo que esa silla de ruedas y esas vendas con las que posa doloridamente mi refracción del espejo, yo, en realidad, no las llevo. Tardo varios minutos en recuperar la conciencia por el susto, pero me digo que mi imaginación me está jugando una mala pasada.

Hoy me encuentro postrado en la cama, junto a mi mejor amigo y la silla de ruedas que los médicos me han asegurado que me acompañará el resto de mi vida. Lleno de vendajes, y, dolorido, le cuento a mi amigo lo que aconteció esta mañana. Con las escasas fuerzas que me quedan, rememoro el pavoroso momento el que un coche se me vino encima mientras cruzaba la calle. Pero lo que realmente me interesa es contarle que ese dichoso espejo de mi cuarto de baño predijo mi futuro, y, para mostrarlo, le llevo a dicho lugar para que vea que, por ejemplo, seguro que vaticina la camiseta que llevaré mañana. Cuando observo mi reflejo, solo veo su reflejo, y él, también, cosa que le aterra. Pero yo no le doy más vueltas, me tumbo como puedo en la cama y me despido de él hasta mañana.

Cuando mi amigo llega a casa, es medianoche. Ha pasado toda la tarde en el tanatorio acompañándome las últimas horas antes de mi entierro. Por su cara llena de estupor descifro que todavía no se cree las complicaciones médicas que tuve durante la noche y que causaron mi muerte. Cuando llega a mi casa o a la casa en la que vivía, se acerca al espejo con la intención de mandarlo al cielo conmigo. Pero no llega a hacerlo porque en él ve un reflejo en el que yo salgo junto a él. Él no cree en estos místicos sucesos, pero, visto lo visto, deposita su confianza en la predicción del espejo.

 

 

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