Canto de sirena

 

Daniel Crestelo, Vieitez, 4º ESO IES Ítaca

Mucha gente me considera un chico con suerte, por el hecho de vivir al lado de la playa. Muchas veces, yo también lo considero un privilegio pero puedo afirmar con total certeza que me gustaría experimentar nuevas emociones como subir una montaña o vivir en el centro de una ciudad.

Pero en lo que la realidad concierne, mi vida es la playa. Intento disfrutarla siempre pero si he de decantarme por una época concreta, escojo el inicio de la primavera. Simplemente, me gusta porque el buen tiempo ya ha llegado pero no todavía los turistas. Por eso no elijo los meses de verano, por el agobio que me produce ver tanta gente.

Llega abril. Abro todas las ventanas de la casa y dejo que el aire que mueve la arena de la playa baile por todos los rincones. Mi perro ladra. A él también le gusta esa experiencia. Acto seguido, cojo el libro que en ese momento esté leyendo. Salgo de casa y me dirijo a la playa.

Tranquila. Tan solo veo a una pareja haciéndose fotos cerca de la orilla y a un chaval lanzándole una pelota a su perro. En esa playa, no se permiten perros. El chico aprovecha mientras no haya gente. Yo también podría hacerlo, pero cumplo las normas.

Me tiro en la arena. Dejo que mi cuerpo se cubra de ella. No sé si alguien me está mirando. No creo. Yo continúo. Mantengo los ojos cerrados.

Cuando me canso, miro hacia el horizonte. El sol está alto y el mar en calma. El aire me acaricia y hace bailar a los granos de arena.

Me tumbo y busco una cómoda postura. Abro el libro y leo. Dejo pasar el tiempo. Levanto la cabeza y veo que estoy solo. Me aproximo a la orilla y mojo mis manos. El agua está perfecta. Me voy metiendo en el agua a pesar de que voy vestido. No importa.

Salgo del agua. Me siento con en la arena húmeda con las piernas en el agua. Y en ese momento, justo cuando dirijo mi vista al frente, la veo. Es una figura femenina. Está de pie, desnuda dentro del agua. Perplejo, la contemplo. Es bellísima. Su pelo toca el agua. Llega hasta su ombligo. Es de un color extraño que varía con la luz del sol. Sin luz, es castaño y con luz, rubio. Algo extraño y a la vez, fascinante.

Soy incapaz de mirar a otro lado. Ella me sonríe y realiza un gesto. Pienso en acercarme, en tocarla, en acariciar su rostro, y en besarla.

Así pues, me acerco. El agua está más fría. Siento escalofríos por todo mi cuerpo. Cada vez, veo a la mujer más lejos. "No te alejes" intento decir. Pero en vano, no soy capaz de formular palabras. Sigo avanzando y el aire desaparece al igual que la mujer que ya no queda rastro de ella.

De repente, me quedo inmóvil. No puedo volver a la orilla. Dejo de respirar y poco a poco el mar me engulle. Ya sumergido, la veo. Está allí, conmigo. Carece de piernas y nada sin problemas.

Se acerca a mí y me susurra algo. Se ríe y no la entiendo. Mis ojos se cierran lentamente. ¡No! ¡No quiero dejar de verla! ¡Es mi musa, mi amor, mi compañera!

Me despierto boca abajo en la orilla. Está atardeciendo. El sol se hunde en la inmensidad del mar. No veo a nadie. El aire se mueve y zarandea mi cabello de un lado a otro. ¿Qué puedo hacer? Ya no veo a la mujer que me ha cautivado. Se ha esfumado.

No podía ser una mujer. No tenía piernas. Una idea se paseaba en mi cabeza. Pero no, imposible, las sirenas no existían. ¿O sí? Quizá sea una leyenda o tal vez yo había visto una. En ese caso, lucharé, lucharé por volver a verla. Intentaré tocarla, abrazarla, besarla. Le daré piernas, aunque no sepa. Y no la dejaré escapar. Será mi musa, mi amor, mi compañera, mi vida entera.

 

 

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