Dar a luz un relato

 

Víctor Castán Ruiz, 4º ESO IES Juan de Lanuza

Verifico que el tamaño de la letra es el correcto, al igual que el tipo de letra "que no tiene que llamar la atención porque de eso se encarga el relato". Me acomodo en mi silla de escritorio y me pongo a la altura adecuada para que no sufra mi vista ni mi cuello, el cual es la única parte de mi cuerpo que estará en movimiento; un movimiento armónico es el de mis dedos al pulsar el teclado. Cojo una bocanada de aire mientras cierro los ojos durante unos segundos, el tiempo que tardo en deshacerme de todo ese aire de mis pulmones. Una vez completadas estas acciones, viene la más difícil, tienes que poner todo tu empeño y concentración en mirar fijamente a la pantalla del ordenador, a esa hoja en blanco de Word que nos da pánico, esa hoja que en cuanto vemos que unas tímidas letras se atreven a posarse en ella hacen que ese pánico se reduzca y ahora solo sea la vagancia de llenar todo el folio de caracteres la que nos invada, pero para este paso aún falta una larga trayectoria. Miro fijamente la pantalla, con los dedos en posición, listos para atacar el teclado, pero nada sucede, nada que estimule la parte creativa de mi cerebro. Son momentos angustiosos, de miedo. No se oye un alma en la habitación, ni siquiera esa mosca que hasta ese momento no paraba de generar ondas sonoras de su molesto ruido, pero que ahora es como si hubiera desaparecido, cosa que se agradece.

De repente, el espíritu divino se me viene encima y me da un toque en la mente. Quizás por el estupor que ha causado en mí esta aparición, o quizás porque ese espíritu tiene una mano milagrosa, empiezo a escribir. Empiezo a escribir y lo sé porque oigo los golpecitos que le propino a las teclas, pero no lo puedo certificar porque soy incapaz de abrir los ojos y mirar para comprobar si mis oídos no me engañan. Además, ese sonido de las teclas me causa gran placer porque me hace pensar que estoy empezando el relato y ahora ya nadie ni nada me pueden parar. Pero lo cierto es que cuando recuperas la conciencia y te alejas de ese celestial ruido, comprendes que no puedes seguir dejando que tus dedos escriban una historia de una carilla sin la ayuda de tu ingenio. Cuando abres los ojos esperas encontrarte el inicio de una gran novela que mandar a una editorial, crees que se convertirá en un best seller y me llevará a la riqueza y a la fama, destacando entre una multitud de escritores, que se arrodillarán rogándome que les dedique el premio y les diga las claves para ganar el premio Cervantes. Una vez abiertos los ojos, descubro que la realidad se distorsiona un poco de mis pensamientos. En realidad, todo el tiempo que he estado tecleando y que me ha parecido eterno solo ha servido para formular una frase: "Ya has empezado a escribir, felicidades". Puede parecer una frase que te puede levantar el ánimo, pero lo es en otras ocasiones.

Tras este primer fracaso y sin tiempo para enfadarte contigo mismo, empiezo el ritual de siempre. Pasa el tiempo, yo, inmóvil, nada de ruido a mi alrededor, todo está en silencio. Hasta que la inspiración entra por la ventana golpeándome accidentalmente en la cabeza. Esta vez, desde un principio, sintonicé mis ojos y mis dedos para que crearan a la vez ese texto simultáneamente y no cometiera los errores del pasado.

Tras unos intensos, angustiosos y largos segundos, tan largo que se podrían agrupar en horas, acabo mi relato. Todo el trabajo ha merecido la pena; releo el texto en busca de incorrecciones, aunque, en realidad, es para sentirme más orgulloso de mi creación, esa en la que tanto empeño he puesto; se trata de mi obra maestra, irrepetible seguramente; nunca he puesto más esfuerzo en ella, he agotado toda mi creatividad. Me doy la enhorabuena y apago el ordenador con una inmensa felicidad, imbuido completamente en mi producción, tanto, que olvido guardarlo, pero me da igual, el relato seguirá siempre en mi cabeza, palabra por palabra, aunque me las tendré que ingeniar para editarlo en la cabeza de mi profesora.

 

 

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