1937

 

Relato ganador de la 2ª Categoría del IX Certamen Literar

Jorge Pinos Ros (IES Medina Albaida)

Y seguía lloviendo. Antonio Batares, alférez en el V Cuerpo del Ejército Republicano, observaba desde su pozo de tirador como la lluvia caía sin cesar sobre los suelos zaragozanos. Se encontraban aislados en primera línea de fuego, a unos dos km. de la Puebla de Abortón, zona castigada por la artillería franquista. Antonio, o Toni, como le llamaban sus compañeros, era un joven zaragozano, fuerte e idealista; pero pese a su juventud, ya había visto mucha guerra.

A esas alturas del conflicto, la superioridad bélica de los sublevados estaba quedando clara para el gobierno republicano. Acurrucado en su posición y aferrándose a su viejo fúsil Mosin-Nagat, Toni se acordó de su casa, de su barrio, de su familia y de sus amigos de antes de la guerra, de los cuales varios estarían muertos y otros querrían matarlo. Sumido en tales pensamientos, Batarés creyó oír un silbido que por desgracia tanto él como todos sus compañeros de trinchera conocían bien. Automáticamente, echó el cuerpo a tierra justo antes de que un proyectil de 88 mm, impactara a pocos metros en una trinchera cercana convirtiendo en meros pedazos de carne y huesos que caían sobre el terreno a lo que hasta hacía poco habían sido compañeros suyos, hombres con una familia, con una vida y unos sentimientos únicos, y que en un instante se habían perdido para siempre.
Atrapados, no quedaba sino esperar a que cesara el ataque de la artillería. Pero los obuses seguían cayendo y castigando sus posiciones sin piedad, levantando a cada impacto lluvias de tierra y piedras. La incesante lluvia, inusual en aquellas fechas, calaba los huesos del alférez, y embarraba el suelo de la trinchera, que se había convertido en un barrizal, haciendo más insoportable aún la descarga de artillería enemiga. De pronto, dejaron de caer proyectiles. El silencio impuesto de repente fue roto por los gritos de los comisarios, que ordenaban mantenerse a cubierto por si el cese del bombardeo solo era una trampa para que salieran de sus escondites.

Batares, por encima de las órdenes de sus superiores, empezó a oír algo. Lo que al principio era un murmullo, pronto se convirtió en un fuerte gruñido metálico, un gruñido temido allá donde se escuchaba. Toni levantó la vista; y entonces los vio. Estaban a poco más de 200m., y avanzaban decididos hacia sus posiciones. Serían alrededor de 300 hombres y media docena de blindados que no tardarían en escupir fuego contra ellos. No hicieron falta órdenes. Como uno solo, Batares y sus apenas 180 compañeros tomaron posiciones y emplazaron las pocas ametralladoras y morteros de los que disponían, decididos a rechazar el ataque franquista. Apenas 100 metros les separaban de los fascistas, que pronto abrirían fuego. Pero él no les iba a esperar. El sonido metálico del retroceso de su Mosin-Nagat al cargarse le dio seguridad. No le gustaba disparar. Pero tampoco le gustaba la idea de morir en aquel barrizal, con la ropa calada y a escasos 15 Km. de su ciudad natal. Agarró su fusil y se acomodó en su pozo de tirador. Centró la mirilla en la primera silueta que divisó y, con rabia pero sin odio, abrió fuego.

 

 

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